Alimentos

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Alimentos

Años 50_60_etc
Hoy en dia nos parece muy normal entrar en un establecimiento cualquiera y ponernos a recorrer los pasillos, tocar todo el género, probarnos lo que queramos, llevárnoslo a casa e incluso devolverlo porque finalmente no nos gusta, eso antes no era así de ningún modo, los Supermercados no existían, la gente iba a los Colmados o tiendas de ultramarinos o al Mercado de Abastos y comprabas en los puestos que había dentro, esto todavía existe, hay que pedir la vez y esperar a que el dependiente te despache.

En los años 70 existían los cupones de fidelización de clientes, en tus compras habituales y según su importe te daban unos sellos (Cupón Ahorro del Hogar) que enganchabas en las cartillas y una vez completas dichas cartillas las cambiabas en los establecimientos creados para ello por artículos para el hogar...

Aqui simplemente voy a insertar imágenes de lo que comíamos (o veíamos que otros comían...) en las décadas de los 60 y 70, los alimentos que os muestro son la mayoría de ellos originales de la época. Por lo cual apreciareis cierto deterioro en alguna fotografía...

Allá vamos!!!!


Las tiendas de comestibles también conocidas con los curiosos nombres de ultramarinos o almacén de coloniales o el más normal de mantequerías que apenas quedan en su primitiva concepción. De las pocas que aún permanecen algunas de ellas han sido reconvertidas a pequeños autoservicios para hacer frente a la competencia cada vez mayor de los grandes supermercados o hipermercados. Dice el refrán que el pez gordo se come al chico y en estos casos además se ha perdido el trato humano que daba el tendero al aconsejarnos tal o cual producto.

En los años 50 y 60 en Madrid eran muchas las tiendas de comestibles que había y los niños de la casa éramos los que haciamos los recados, ibamos a comprar aceite, vino, vinagre todo por medidas de medio litro, un cuartillo,... el azúcar, los garbanzos, las alubias, se compraba todo por peso,... en esas tiendas llamadas de comestibles o ultramarinos solia haber de todo, desde una escoba para barrer hasta hilo o dedal para coser, incluso hasta se vendían las aspirinas y los optalidones que eran los analgésicos habituales para el dolor de cabeza.

La estructura de estas tiendas tenía una forma muy similar en todas ellas, un mostrador de madera o mármol corrido a lo largo de todo el establecimiento en el que había unos utensilios muy curiosos como eran el cuchillo del bacalao que ocupaba todo el ancho del mostrador y donde el dependiente con habilidad y rapidez colocaba la pieza entre el cuchillo y la base metálica cortándola a semejanza de una guillotina, estos utensilios son conocidos como bacaladeras. Algunas tiendas ponían carteles de tela a lo largo de la fachada anunciando el origen del bacalao: Islandia, Noruega, Feroe...

Otro utensilio existente en el mostrador era el molinillo de café, un artilugio redondo en el que se echaba el café en grano y salía por debajo donde el dependiente ponía una bolsa para recoger el producto.

Para mí, no obstante, lo que más me llamaba siempre la atención era el manubrio que servía para llenar las botellas de aceite que traíamos los clientes ya que que la venta era mayoritariamente a granel. El aparato en cuestión estaba montado sobre un bidón que se encontraba debajo del mostrador. Según la importancia de la tienda en función de la venta, además del correspondiente aceite de oliva había también otro de aceite de soja.

Sobre el mostrador había varias balanzas para el peso y en un extremo solía estar la caja registradora, enorme armatoste que hoy son pieza de museo. Cuando se trataba de pesar melones también se usaba la romana, método que se puede prestar a ciertos enjuagues.

Detrás del mostrador, la pared estaba llena de cajones que se abrían hasta la mitad, cada uno dedicado a un tipo de producto y separados por tamaño o calidades: arroz, garbanzos, lentejas, judías, etc, dentro de los cajones estaban los cazillos para ir echando a la balanza y proceder a la pesada.

En la parte del publico estaban los sacos con estos productos para ir rellenando los cajones a medida que estos se vaciaban para no tener que sacarlos en ese momento del almacén. Siempre podias encontrarte en un rincón una caja redonda de madera con sardinas arenques.

Recuerdo aún alguna marca de chocolate de las época como el Nogueroles, el Horreo, el Helvetia y también las galletas María de Fontaneda, también los caramelos llamados Pirulís de la Habana por tener forma de paraguas, los chicles Bazoka y las cerillas de Fosforera Española.

Se vendían también velas para alumbrar, algo de uso muy habitual al haber muchos cortes de luz los dias de tormenta, algunas de estas tiendas tenían al lado un reservado o una especie de taberna donde los hombres bebian, fumaban, jugaban a las cartas y a la rana con un intenso olor a humo de tabaco.

Se comerciaba con algunos productos de Ultramar como cacao, café, especias y bacalao y también con vinos envasados, licores, ¡champán! y otras exquisiteces, pero el grueso de la oferta estaba formado por productos autóctonos de la tierra: harina, garbanzos, lentejas, judías, arroz..., que se vendían a granel directamente en grandes sacos, además de todo tipo de embutidos, jamones, quesos, conservas y aceite que de grandes zafras o recipientes para guardar aceite o leche pasaba a una especie de ingenio con grifo en el mostrador.

A granel se vendían igualmente las sardinas en aceite puro de oliva, las sardinetas, no recuerdo haber probado después otras tan buenas como aquellas, el tomate en conserva y el riquísimo escabeche de bonito para lo cual era necesario llevar un plato o tazón si queríamos que nos echaran el caldillo.

Me fascinaban aquellas vistosas y pintureras latas de carne de membrillo utilizadas luego en casi todas las casas como cajas de costura o para guardar fotografías o tarjetas postales. Las sardinas de cubo ¡qué ricas!, perfectamente distribuidas y alineadas en sus barricas. Las cajas de galletas surtidas con sus papeles de platilla. Las tabletas de chocolate que siempre iban acompañadas de cromos para nuestras colecciones infantiles y ¡cómo no! aquellos inmensos botellones horizontales llenos de caramelos.

Existia también la constumbre de echar serrín semihúmedo en el suelo, ese serrín era barrido periódicamente y colocado de vuelta en una lata (cilíndrica de las de diez kilos, posiblemente de chorizos en manteca) y vuelto a esparcir con regularidad matemática sobre el suelo.

El serrín era esparcido por el chico cuyo guardapolvos era super grande, lo que entonces se conocía por crecedero. Esa función del serrín unida a la recogida del toldo mediante la larga manivela al efecto merecía la más declarada envidia por parte de los niños buenos a los que se nos amenazaba si sacábamos malas notas con sacarnos del Colegio y ponernos de chicos de los recados en una tienda de Ultramarinos. El cierre lo echaba el encargado, aunque lo lógico era que lo echara el dueño que para eso era suyo el negocio. El dueño, o la dueña, o los consortes de cualquiera de los anteriores, eran figuras borrosas y las únicas vestidas de paisano detrás del mostrador. Al encargado le competía la tarea de manejar la máquina de cortar el bacalao o la dispensación de aceite mediante la máquina de émbolo y manivela, llenando las botellas que las clientes o las criadas llevaban. También podía el encargado atender prioritaria o preferentemente a clientes de antiguedad, que no de prestigio pues era aquella la que daba el crédito y no éste. En algunos casos podía cortar el jamón, aunque esa función podía ser delegada a un dependiente de cierta antiguedad o destreza.

Eran otros tiempos y el membrillo llegaba en latas grandes y se cortaba con un cuchillo que había sido el del jamón, pero por algún extraño motivo de las artes cisorias se le cambió, tarde y mal su destino como si fuera un funcionario que recibe un nuevo destino a seis meses de su jubilación. La prueba de ser una buena cliente la daba el honor de estrenar lata de menbrillo cuando el resto que quedaba de la actual bien daría para la compra de esa señora. Con gesto de complicidad sibilina, el dependiente se volvía para sacar una lata nueva y con un vaivén no desprovisto de sensualidad accionaba el abrelatas El Explorador por todo el borde del envase que al levantarse como tapa descubría el lago impoluto del Membrillo.

¿Que se comia en España en mi juventud?

Los productos más solicitados eran el pan, la leche, el aceite, las legumbres, el azúcar, el jabón..., el pan que comía la mayoría de los madrileños solía estar hecho de harina de almortas o el veneno que llegó con el hambre tras la Guerra civil española por lo que tomaba un color amarillento y se endurecía con bastante rapidez, había un chiste muy divertido en el que se mezclaba la situación política vivida durante la época de la guerra civil y el momento que ahora tratamos, y que decía así:

Varias señoras se quejaban amargamente en la panadería del aspecto y la calidad del pan diciendo: "¡ay, que largo!, "¡ay, que miaja!", "¡ay, que negrín!", a lo que el panadero respondía: "¡señoras! a que vienen ustedes aquí, a comprar pan o a hablar del gobierno? es evidente que se estaban refiriendo a Francisco Largo Caballero, a Juan Negrín y al General Miaja, todos ellos republicanos.

El pescado era bastante raro en Madrid aunque podía ser adquirido a diario gracias a la llegada de camiones que venian por la carretera de la Coruña, a modo de curiosidad podemos decir que a ésta carretera se la conocía como la carretera de la muerte por la alta accidentalidad que tenía al estar frecuentada por camiones que tenían que estar en el Mercado de la Puerta de Toledo (Antiguo Mercado Central de Pescados y Mariscos de Madrid) a las 6 de la mañana antes de la apertura de los mercados y por ello hacían el trayecto por la noche desde la costa cantábrica en 12 horas para llegar con el producto fresco.

Comíamos Yogurt  Danone que era caro y venía en frasco de cristal que había que devolver como todos los envases de cristal, como el de la gaseosa La Casera que nos encantaba pero que era un capricho.

Para la gente moderna y para los niños golosos estaba la leche condensada La Lechera que se anunciaba como alimento indispensable para la nutrición de los niños, en la panadería el pan se pesaba, había quien compraba solo media hogaza o un cuarto y se podía comprar también una onza de chocolate para la merienda con el panecillo, ese chocolate se vendía también a granel...

Como para todos los niños de ahora, nuestro plato preferido también eran los macarrones con salsa de tomate, las patatas fritas y los huevos fritos y como todas las madres, las nuestras intentaban que comiéramos verduras, sobre todo acelgas, espinacas y judías verdes, buaggggg.

En muchas casas madrileñas se comía cocido todos los días laborables y el domingo paella, el cocido se convirtió en sinónimo de vulgar, como si careciese de caché, se utilizaban expresiones despectivas como huele a cocido o este guiso está agarbanzado demostrando el desprecio por lo que ahora es el plato de los domingos en muchos hogares de la capital, a modo de chiste, existían en Madrid ciertos alimentos a los que se les denominaba de forma especial, por ejemplo los caracoles eran para ellos langostas de jardín, las patatas por su poder alimenticio eran chuletas de huerta, la mojama era salchichón de mar, mientras que los trozos de bacalao se conocían como soldaditos de Pavía.

 

 



Mercados de Abastos que existían en mi época



Puestos de comida Ultramarinos, Mercados de Abastos...


Accesorios y Utensilios en los Mercados

Y estos son algunos de los productos que se compraban en los Mercados, por ejemplo recuerdo que cuando yo era niño para desayunar mi madre solia hacer la Cascarilla con leche, eran pequeñas virutas de cacao que habia que cocer bastante tiempo en agua hirviendo, luego se colaba y se mezclaba con la leche caliente, tenía un pseudo sabor a cacao pero con la llegada del Cola Cao los desayunos con cascarilla pasaron a la historia y nunca más se ha vuelto a saber nada más de ella, solo queda el recuerdo de aquél sabor que precisamente a mi me gustaba.


Cafes, Cacaos, Chocolates,...


Galletas, Flanes, Mantequillas,...


Alimentos en general

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