Colegio Castilla - Viaje en el tiempo

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Colegio Castilla

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Comencé a ir al Colegio Castilla a los tres años, este colegio estaba en la calle Alicante nº 3, enfrente del portal de la casa dónde vivíamos y junto al Colegio Público Miguel de Unamuno; este colegio tenía varias aulas que daban a la calle y entrando por el portal, en el primer piso se encontraba el despacho del Director Don Enrique y las clases de parvulos a las cuales ibamos mis hermanas y yo desde muy pequeñitos.


Era uno de los pocos colegios privados del barrio autorizado para impartir la Enseñanza Primaria y el Bachillerato Elemental, matizar que en los primeros años de Primaria había clases separadas para chicos y chicas, incluso en el nivel de Bachillerato ya que las chicas que se matriculaban en este colegio, iban a las clases que se impartian en el
Liceo Femenino que estaba junto a la Iglesia Beata Mariana de Jesús.

Allí pasé los parvulos y todo el Bachiller Elemental hasta los 10 años, y algunos de mis profesores que recuerdo eran, la Sta. Modesta, la Sta. Mercedes, el profe de francés Don Jesús y su hijo Arturo y el director del colegio Don Enrique.


Una norma exigida a los alumnos era que nos debíamos poner de pie cada vez que entraba una persona en el aula y además, en todas las aulas era obligatorio tener en la pared presidiendo el aula, un crucifijo y los retratos de Franco y de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange (cosas del Régimen).

Dedicábamos la mañana del sábado al Catecismo dónde rezábamos rosarios con misterios dolorosos, gozosos, estruendosos y asquerosos, lo único bueno del Catecismo eran los vales y monedas que nos daban por asistir a la Catequésis y luego a final de curso los canjeábamos por juguetes y premios.

Las instalaciones deportivas consistían propiamente dicho en la calle, y una cosa que envidiaba era que los chavales del Colegio Unamuno tenían un terreno enorme dónde se jugaban a la vez varios partidos de fútbol además de otros deportes.

El Castilla estaba en la Glorieta Beata Mariana de Jesús, cerca de mi casa, por esta razón mis hermanas y yo bajabamos andando el Paseo de las Delicias, yo siempre por la carretera sorteando coches aparcados y eso si, nunca por la aceras; antes de entrar al colegio nos comprabamos un bollo o una torta llamada mejicana en la pasteleria La China que estaba en la misma Glorieta Beata y para mi sorpresa, a día de hoy aún existe; mi madre nos daba cada día una perra gorda (moneda de 10 céntimos) para tomar el bollo durante el recreo y aún así también me daban envidia mis amigos del Colegio Unamuno que al ser Escuela Pública se les daba a los niños a la hora del recreo un vaso de Leche en polvo, Queso cheddar y Mantequilla salada de la ayuda americana, pero eso si, tenían que cantar el cara al sol con la mano levantada; es imposible no citar el complemento alimenticio que a los colegiales españoles supuso por los años cincuenta la ayuda americana, coincidiendo con el establecimiento de relaciones bilaterales con los Estados Unidos.

Había un reglamento en la escuela que decía: Todos tendréis que traer por las mañanas un vaso grande para echar la leche, cucharilla, azúcar y un bollito ó dos rebanadas de pan para ponerle mantequilla, y por las tardes una rebanada de pan para el queso, los americanos son muy buenos con España y nos han enviado todo esto para que no pasemos hambre.
Por esta razón, por las mañanas en la escuela parece ser que utilizaban una perola de aluminio llena de agua del grifo, esta perola se ponía encima de la estufa de la clase para que se calentase el agua y el maestro le echaba la leche en polvo que guardaba en un cuarto del colegio, se repartía a la hora del recreo a cada alumno en la cazuela que traian de casa y que luego se la tenian que volver a llevar para que la fregasen las madres; la leche al diluirla en agua tomaba la blancura de la leche, algo de su espesor y un sabor aproximado a la que salía del ordeñe de las vacas o las cabras; el queso de un misterioso color amarillento y la mantequilla venían en unas grandes latas cilíndricas y todo llevaba el emblema de la ayuda americana: dos manos estrechándose con el fondo de la bandera norteamericana.



Algo que nunca olvidaré de colegio Castilla eran esas tardes de invierno dónde el profesor nos hacía leer a Antonio Machado y se me ha quedado grabado en mi memoria el poema Recuerdo Infantil
debido a que como las puertas que daban a la calle tenian cristales en la parte superior me quedaba extasiado viendo caer la lluvia mientras oía al profesor recitarnos el siguiente poema de Machado:

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.
Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una mancha carmín.
Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano

mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.
Y todo un coro infantil
va cantando la lección:
"mil veces ciento, cien mil,
mil veces mil, un millón".
Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales estudian.
Monotonía de lluvia en los cristales.

Durante los recreos, como este Colegio no tenía patio de juegos o de gimnasia y rara vez pasaba un coche por esta calle, solíamos jugar al futbito en la misma acera del colegio Unamuno con mi colegio y habia que saltar las terrazas dónde estaban los comedores a recoger los balones que se colaban hasta que pusieron rejillas y ya era imposible ir a recogerlos.

A estas alturas de mi vida, considero que mi educación fue altamente beneficiosa, más aún en aquellos tiempos de cerrazón: a pesar de la gran influencia que ejercía la Iglesia y los seis años de Religión que incluía el Bachillerato, creo honestamente que la educación que recibí en mi colegio fue muy buena y más bien de corte laico.


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