Colegio Castilla - Viaje en el tiempo

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Colegio Castilla

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Comencé a ir al Colegio Castilla a los tres años, este colegio estaba en la calle Alicante nº 3 enfrente del portal de la casa dónde vivía con mi familia y junto al Colegio Público Miguel de Unamuno; este colegio tenía varias aulas que daban a la calle y entrando por el portal, en el primer piso se encontraba el despacho del Director Don Enrique y las clases de párvulos a las cuales íbamos mis hermanas y yo desde muy pequeñitos.

Era uno de los pocos colegios privados o de enseñanza libre del barrio y autorizado para impartir la Enseñanza Primaria y el Bachillerato Elemental; matizar que en los primeros años de Primaria había clases separadas para chicos y chicas incluso en el nivel de Bachillerato ya que las chicas que se matriculaban en este colegio iban a las clases con Don Julián que se impartían en el Liceo Femenino que estaba en Plaza de José de Villareal junto a la Iglesia Beata Mariana de Jesús (mi hermana Mari Carmen es la segunda a la derecha del profesor).

Allí pasé los párvulos hasta el Ingreso al Bachillerato que fue a los 10 años comenzando seguidamente el Bachiller Elemental de los 11 a los 14 años; algunos profesores que recuerdo eran Doña Modesta (Párvulos) en 1958, la Sta. Mercedes (Bachiller Elemental), el profe ya fallecido Don Mariano (Francés e Historia) fallecido en 1982, su hijo Arturo Pérez estaba en mi clase, el Director del colegio Don Enrique (Matemáticas) así como Don Aurelio (Latín y Lengua) y por último Don Tomás algo más joven.
 
 
Gracias a Arturo, ahora puedo recordar algunos nombres y caras de profesores y compañeros de estudios en el Colegio Castilla tales como Manolo Prieto (foto) que vivía en la Glorieta Mariana de Jesús y que tenía 2 hermanas Margarita y Alicia, su padre Manuel Prieto Benítez era pintor y dibujante y diseñó el toro de Osborne que podemos ver en todas las carreteras de España ya convertido en patrimonio cultural y artístico de los pueblos de España; otro era Bartolomé Moreno (foto) que también vivía en la Glorieta y que creo haberlo visto en televisión; Berdión que vivía en el mismo edificio que yo enfrente del Colegio; Alipio Laso (foto) que su padre tenía un bar en la calle Mira el Sol, los hermanos Berlanga y un último compañero apellidado Mínguez.
 
Según Arturo, parece ser que tuvimos un compañero que luego se hizo cantante que se apellidaba Gallardo.


Una norma exigida a los alumnos era que nos debíamos poner de pie cada vez que entraba una persona en el aula y además, en todas las aulas era obligatorio tener en la pared presidiendo el aula un crucifijo y los retratos de Franco y de José Antonio Primo de Rivera fundador de la Falange (cosas del Régimen).

Dedicábamos la mañana del sábado al Catecismo dónde rezábamos rosarios con misterios dolorosos, gozosos, estruendosos y asquerosos, lo único bueno del Catecismo eran los vales y monedas que nos daban por asistir a la Catequésis y luego a final de curso los canjeábamos por juguetes y premios.

Las instalaciones deportivas consistían propiamente dicho en la calle, y una cosa que envidiaba era que los chavales del Colegio Unamuno tenían un terreno enorme dónde en los recreos se jugaban a la vez varios partidos de fútbol además de otros deportes.

El colegio Castilla estaba en la calle Alicante que daba a la Glorieta Beata Mariana de Jesús cerca de mi casa, por esta razón mis hermanas y yo bajabamos andando el Paseo de las Delicias (yo siempre por la carretera sorteando coches aparcados y eso si, nunca por la aceras) cosa que ponia de los nervios a mi madre; antes de entrar al colegio nos comprabamos un bollo o una torta llamada mejicana en la pasteleria La China que estaba en la misma Glorieta y para mi sorpresa a día de hoy aún existe la pasteleria; mi madre nos daba cada día una perra gorda (moneda de 10 céntimos) para tomar el bollo durante el recreo y aún así también me daban envidia mis amigos del Colegio Unamuno que al ser Escuela Pública se les daba a los niños a la hora del recreo un vaso de leche en polvo, queso Cheddar y mantequilla salada de la ayuda americana, pero eso si, tenían que cantar el cara al sol con la mano levantada; es imposible no citar el complemento alimenticio que a los colegiales españoles supuso por los años cincuenta la ayuda americana coincidiendo con el establecimiento de relaciones bilaterales con los Estados Unidos.

Había un reglamento en la escuela que decía: Todos tendréis que traer por las mañanas un vaso grande para echar la leche, cucharilla, azúcar y un bollito o dos rebanadas de pan para ponerle mantequilla y por las tardes una rebanada de pan para el queso, los americanos son muy buenos con España y nos han enviado todo esto para que no pasemos hambre.
Por esta razón, por las mañanas en la escuela parece ser que utilizaban una perola de aluminio llena de agua del grifo, esta perola se ponía encima de la estufa de la clase para que se calentase el agua y el maestro le echaba la leche en polvo que guardaba en un cuarto del colegio, a la hora del recreo la leche se repartía a cada alumno en la cazuela que traian de casa y que luego se la tenian que volver a llevar para que la fregasen las madres; la leche en polvo al diluirla en agua tomaba la blancura de la leche, algo de su espesor y un sabor aproximado a la que salía del ordeñe de las vacas o las cabras; el queso de un misterioso color amarillento y la mantequilla venían en unas grandes latas cilíndricas y todas llevaban el emblema de la ayuda americana dos manos estrechándose con el fondo de la bandera norteamericana.

Algo que nunca olvidaré de colegio Castilla eran esas tardes de invierno dónde el profesor nos hacía leer
el poema Recuerdo Infantil de Antonio Machado y que se me ha quedado grabado en mi memoria debido a que como las puertas que daban a la calle tenian cristales en la parte superior me quedaba extasiado viendo caer la lluvia mientras oía al profesor recitarnos el siguiente poema de Machado:

Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales.
Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una mancha carmín.
Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano

mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.
Y todo un coro infantil
va cantando la lección:
"mil veces ciento, cien mil,
mil veces mil, un millón".
Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales estudian.
Monotonía de lluvia en los cristales.

Durante los recreos, como mi Colegio no tenía patio de juegos o de gimnasia y rara vez pasaba un coche por esta calle solíamos jugar al futbito en la misma acera del colegio Unamuno con mi colegio y habia que saltar las terrazas dónde estaban los comedores a recoger los balones que se colaban hasta que pusieron rejillas y ya era imposible ir a recogerlos; aunque también íbamos a hacer gimnasia a un local que estaba cerca de la iglesia de la Beata y que nos daba clase un profesor que era militar.
A estas alturas de mi vida, considero que mi educación fue altamente beneficiosa, más aún en aquellos tiempos de cerrazón: a pesar de la gran influencia que ejercía la Iglesia y los seis años de Religión que incluía el Bachillerato, creo honestamente que la educación que recibí en mi colegio fue muy buena y más bien de corte laico.


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