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Colegio San Saturio

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El Colegio San Saturio estaba en la calle Bernardino Obregón nº 9 esquina con la calle Sebastián Herrera donde estaban las aulas auxiliares (todavía recuerdo al conserje Sr. Paco que era muy educado y me ayudó bastante durante los días que tuve que quedarme a comer sin salir del colegio debido a un derrame sinobial en la rodilla a consecuencia de una zancadilla que me pusieron al salir a jugar como locos del colegio).


Tengo en mi recuerdo algunos de los nombres de los profesores que impartian clases en esos tiempos, hablamos de 1965 dónde ingresé para hacer 5º de Bachiller Superior, en 1966, luego el 6ª de Bachiller Superior y finalmente la Reválida Superior.

El profesor al que más recuerdo fué al de Física, Química y Matemáticas
Don Jesús Godinez o Titochus como le llamabamos los chavales, desgraciadamente ya ha fallecido; lo que más le gustaba era llenar la pizarra de formulas para demostrar la formúla de la Ley de Ohm aplicada a la corriente alterna, y si alguno sabía salir a la pizarra y hacer la misma demostración le aseguraba el aprobado total en Junio; por supuesto, nadie la entendia con tantas variables, integrales, etc...


La Historia del Arte la impartia Don Ramón Sarmientos; la Literatura y Gramática el Sr. Bermejo; las Matemáticas Don Joaquin y el Francés Don Juan.


Nunca me olvidaré del profesor Don Sebastián que impartía las clases de Formación del Espíritu Nacional, me suspendió un años entero y me obligaba a ir sentado en el asiento del autobús cuando saliamos de excursión debido a que en un exámen puse que no entendía como los falangistas seguian a Franco el cual permitió que asesinaran a José Antonio, o algo similar,  no me mandó a la cárcel porque todavía era un crío, pero se cebó conmigo todo el año.

Hoy día, el colegio sigue existiendo pero se ha trasladado a un nuevo edificio en la calle Sebastián Herrera, pero ahora los alumnos tienen que ir de uniforme; parece un poco pijo, pero sus inicios fueron los de mi infancia.


Cuando nos castigaban por alguna travesura, teníamos que ir a ver al Director Don Ignacio Elena Blanco al que le llamábamos el Bolo (era de Toledo) y nos recibía con un palo en la mano, y uno por uno, nos daba 3 veces en cada mano a cada uno y nos castigaba después cara a la pared de rodillas con los brazos en cruz con dos libros en cada mano (clásico de esos días); sostener 2 libros al principio parece facil, pero luego los brazos se te van cayendo porque el dolor es fuertísimo, recuerdo que al lado del despacho del Director y en el hueco de la escalera estaba siempre en el economato el Sr. Pedro vendiendo material escolar; recuerdo los boletines de calificaciones que nos daban y que tenian que firmar nuestros padres, alguna que otra falsificación siempre se hacía.


La letra con sangre entra esto lo decian los profesores en los años 60, los castigos estaban a la orden del día y eran crueles y humillantes para los alumnos; solían ser castigos físicos en los que el maestro/a era la autoridad y cualquier falta o incumplimiento por leve que fuera merecía un castigo o reprimenda; los más habituales eran, colocar al alumno de cara a la pared con libros sobre las palmas de las manos, los palmetazos, los coscorrones y los bofetones, los niños también podían recibir castigos de copias que se basaban en escribir 500 veces una frase relacionada con el delito, como por  ejemplo no hablaré en clase
.


El colegio San Saturio era un colegio privado, lo cual en aquella época no quería decir que fuera mejor que uno público, las instalaciones deportivas estaban en un pequeñísimo patio interior al aire libre de no más de veinte metros cuadrados y una instalación cerrada dónde practicábamos los saltos necesarios para los exámenes de Educación Física, estaba dotado de Espaldera, Plinto, Potro y Caballo.


Había varias modalidades de saltar el potro,  abriendo las piernas, con los pies juntos pasando por encima… a base de intentarlo y más de un porrazo (en alguna ocasión lo llegué a tirar), lo conseguí saltar, para no tentar a la suerte, no volví a probarlo en unos dias.


El padre de la familia era el caballo, mucho más largo y encima terminaba en punta para acojonar más, en nuestro caso teníamos que saltarlo a lo largo, yo algunas veces calculaba mal y me quedaba sentado en medio, qué dolor, ¿no lo podían haber hecho un poco más acolchado?


Pero el más temido de todos los aparatos, sin ninguna duda, era el plinto, a mi lo de dar una voltereta encima de esos cajones de madera, cuando no era casi capaz de darla en el suelo sobre una colchoneta, me parecía ciencia ficción, de ser capaz de hacer aquella pirueta estaría en el circo, o preparándome para las próximas olimpiadas, pero no, pasa, pasa, yo me vuelvo a poner el último de la cola a ver si cuela.


Las espalderas, servían para todo, desde hacer el pino a hacer flexiones o colgarse de ellas como monos, yo os aseguro que jamás les encontré la menor utilidad, por mi podían desaparecer del planeta y yo tan feliz. ¿Realmente son necesarias?


Si alguno tenía pensado ser de mayor bombero o Tarzán, vale, pero no era mi caso y no comprendía que utilidad tenía hacernos subir por una cuerda, el juego ese que había que hacer con la pierna jamás lo conseguí, si no era capaz de escalar por los nudos, os podéis imaginar lo que podías llegar a hacer con la cuerda lisa. jaaaa.



La clase de religión era obligatoria, pero la verdad es que ya entonces era considerada una María en los colegios no religiosos, quien daba todas las clases de religión era un cura llamado Don Emiliano Chozas, este cura me castigó un día y me quitó un chisquero porque del aburrimiento que tenia no hacía más que encenderlo y apagarlo provocando olor y humo y se dio cuenta de ello.
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