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Hablando de esa época de mi infancia; esto es, de los cincuenta y de los sesenta, el cine era el espectáculo por excelencia, la radio era una maravilla que se escuchaba en casa, de vez en cuando había circo aunque a mí nunca me gustó demasiado, y salvo el fútbol que llenaba los domingos por la tarde, no había más espectáculo que el subsodicho cine en este pais.


La censura clasificaba las películas en varios grados:


1 (tolerada total)

2 (tolerada con reparos)

3 (mayores, sólo podían asistir los que tenían dieciséis o más años)

3R (mayores con reparos, se avisaba para que los buenos católicos y patriótas supieran que había algo que no convenía, por ejemplo un beso en los labios o una cierta crítica velada a la Iglesia o al fascismo) y por último

4 (películas no aconsejables bajo ningún aspecto, te podías encontrar con algún acto amoroso que iba un poco más del beso (un achuchón o un revolcón, vestidos naturalmente), de este grado, recuerdo dos películas: Esplendor en la hierba y Fresas Salvajes, los chavales nos preguntábamos qué habría en esas películas para poseer un cuatro, debían ser la leche de la indecencia.


Los cines de barrio eran cines modestos, donde los asientos eran de madera en la mayoría de los casos y el suelo de tarima; una costumbre muy extendida era llevar pipas al cine para comerlas durante la proyección, poniamos el suelo perdido con las cáscaras originándose bastante ruido al pisarlas cada vez que entraba o salía alguien ya que era constante el trasiego de entrada y salida de gente al ser cines de sesión continúa, con lo que en muchas ocasiones te molestaba no sólo el ruido de las cáscaras de pipas sino también la molestia de las personas que pasaban por delante de tu butaca.

Pero hay algo que me gustaría resaltar y es la emoción que se vivía, esos momentos de clímax que llegaban antes del desenlace, la llegada del
Séptimo de Caballería, el rescate de la chica secuestrada por el malvado caballero medieval, o el beso de un amor en la Dolce vita que más que verse se intuía, provocaba aplausos, pataleos, gritos, gente de pie en puro éxtasis, se había cumplido el sueño de todos, el triunfo de los buenos.

Los siguientes cines estaban en mi barrio y eran los más concurridos por todos los amigos, eran el
cine Elcano en la calle Sebastián el Cano era el más barato de todos, 1,50 ptas la entrada, en la Plaza de Lavapies estaba el cine Olimpia (también conocido como Palacio las Pipas); el cine Lavapies era algo mas moderno donde ponian pelis mas nuevas, el cine Montecarlo en la calle Embajadores casi en Legazpi, este cine era bastante nuevo y el entresuelo costaba mas caro que el patio de butacas ya que la pantalla se encontraba mas elevada y se veia mejor desde el entresuelo, mas tarde se inaguro el cine Infante (ya desaparecido) en el Paseo de Sta Mª de la Cabeza, este ya era de pelis de reestreno.


Hay que tener cierta edad, para recordar que en esa tranquila esquina de la Plaza de Luca de Tena, hubo un cine de barrio y sesión doble, cuyo nombre es una reverencia al oficio de actuar, el cine Candilejas todo un lujo para el barrio. se inaguró en 1958, era un cine de los llamados de reestreno donde los vecinos podían ver las películas más recientes sin tener que acudir a las salas del centro de Madrid, en esa zona hubo un antiguo lavadero público que en los años cincuenta permanecía bien conservado aunque ya no se utilizaba; el cine fue creado tras las construcion de las parcelas colindantes y según los vecinos de la zona, se le llamo Candilejas porque la primera pelicula que se reestrenó fue Candilejas, de Charles Chaplin (Charlot).

Se proyectaba El hombre de las llaves de oro y el público que asistió abarrotó el patio de butacas de madera y terciopelo rojo con 1.747 localidades; la prensa en la apertura, insistió en las maravillas de la sala, que por sus características de confort y elegancia, compitió con las mejores salas del centro de Madrid, pantalla gigante, panorámica, cinemascope y vistavisión, tras su cierre y posterior sede de una secta, fué alquilada la zona de despachos para una guarderia; en su interior todavía se conserva la tapiceria de terciopelo rojo de las butacas, así como la antigua maquinaria cinematografica oxidada; las pinturas originales de las paredes se conservan sin filtraciones de agua, al igual que la pared de proyección; también se conserva una escalera de lo que parece ser mármol que deriva en dos laterales del anfiteatro, subiendo por dicha escalera atravesamos un oscuro pasillo solo iluminado por las habitaciones contiguas por las que entra un pequeño hilo de luz, quedando al final del mismo el acceso a la platea; las puertas de acceso se siguen conservando como originalmente estaban en color blanco, con una cenefa imitando hojas en color dorado; contaba con una entrada esquinada en la plaza de Luca de Tena que daba directamente a una de las 3 puertas dobles de acceso a la planta principal; originalmente el suelo estaba enmoquetado de color gris y solo tenian acceso por los laterales a las butacas; al no existir un foso por no ser teatro, contaba con una pequeña plataforma, debajo de la cual exista un compartimento-trastero; el acceso a la sala de proyección se realizaba a traves de una escalera de semicaracol que recorría tres alturas, con respecto al gallinero anfiteatro, dicha escalera se encontraba justo enfrente de una de las dos puertas de acceso de la platea.


En los años 40 y 50 existian varios cines de sesión continua a lo largo del Paseo de las Delicias, uno de ellos fue el cine Lusarreta, que con el tiempo se convertiría en el nuevo Teatro Cómico; en 1945 se inauguró el cine Pizarro que posteriormente pasó a llamarse cine San Rafael, hasta que finalmente, desapareció; el cine Pizarro era un cine de sesión continua doble, es decir, se proyectaban dos películas seguidas, con un NO-DO entre ellas, que una vez terminadas se volvían a proyectar, así que se podía estar dentro del cine de 4 de la tarde a más de las 12 de la noche... con una sola entrada; solo tenía patio de butacas, al que se accedía por una puerta situada bajo de la pantalla, esto era un hecho diferencial con los cines que por aquella época estaban por el Paseo de las Delicias y zonas próximas (cine Lusarreta, cine América, cine Delicias, cine Candilejas, cine Montecarlo, cine San Carlos, etc); su fachada tenía una sola altura y el solar tenía su máxima extensión en profundidad; el cine tenía fama de no dejar entrar a nadie sospechoso de tener menos de 16 años; la sala de butacas tenía un pasillo central con filas de ocho a diez asientos a cada lado, las butacas eran de madera, y no eran demasiado cómodas, olía a cine, o sea, a ozonopino que echaban antes de comenzar la sesión con un ambientador de bombeo mecánico y como casi todos los cines de sesión contínua tenía las últimas filas ocupadas por parejas que no encontraban mejor sitio para tener algo de intimidad.

El c
ine América estaba en la acera de los números impares del Paseo de las Delicias, entre la glorieta de la Beata y la barriada de la Renfe; era un cine majestuoso, con una entrada mediante escalones que daba a un vestíbulo para las butacas con una subida al entresuelo por escalera a mano derecha; era un cine de sesión contínua doble, que no llegaba a la categoría de reestreno, pero ponían películas muy interesantes, buscando siempre que fueran aptas para todos los públicos; durante el verano se hacían intermedios musicales en directo con cantantes y cómicos populares que estaban al final de su carrera.

El c
ine San Carlos estaba situado en la esquina entre la calle Atocha y la calle del Cenicero y se construyó en 1929, posteriormente y tras una serie de reformas se convirtió en discoteca, primero con el nombre de Titanic y actualmente con el de Kapital; el edificio, de estilo Art Dèco, era un bloque que incluía una zona de viviendas en la fachada que daba con Atocha y la sala de cine, dispuesta de modo paralelo a la del Cenicero, también contaba con una terraza y una sala de fiestas en el sótano; más tarde, ya en mi adolescencia avanzada, el cine también fue un refugio donde en las últimas filas empezábamos a aproximarnos al amor y al escarceo.


A continuación podeis ver algunos de los Cines más representativos de Madrid de mi época.



Entradas a los cines de Madrid


Cines de Madrid


Anfiteatros y Patios de butacas


En mis tiempos conocí tres tipos de cine: los de estreno, los de reestreno y los de sesión continua; los de estreno solian estar en la Gran Vía madrileña (en el tramo entre la Red de San Luis y la Plaza de España); cada película permanecia unos seis meses en cartel, sin embargo las más concurridas eran las Salas de cine de sesión continua de las que había un gran número en cada barrio, el precio de la entrada estaba entre los 0,60 céntimos y las dos pesetas, y se podían ver dos películas las veces que se quisiera (en ocasiones en que se llegaba cuando la película estaba ya empezada, la gente se quedaba a verla de nuevo desde el principio).

Las de sesión de reestreno consistía en la proyección de una única película (ya estrenada como su propio nombre indica, aunque no demasiado antigua), con un descanso en medio de ella que aprovechábamos para ir al baño o a la cafetería del cine.

En las de sesión
numerada se proyectaban dos películas y cada sesión tenía entradas diferentes, en el descanso entre película y película pasaba un chico portando de una correa al cuello un cajoncillo vendiendo pipas, chocolatinas, chicles, caramelos,… Sí, han leído bien pipas ¡y sin pelar!

La sesión
continua empezaba a las cuatro y con una única entrada se podían ver dos películas, que se alternaban durante toda la tarde/noche; una vez comenzada la sesión podías acceder a la sala en cualquier momento siempre y cuando hubiera butacas libres, por ello era frecuente que te encontraras con una de las dos películas empezada y tenías que esperar, después de tragarte la otra entera, para que la volvieran a proyectar y así poder verla completa.


Todas las sesiones comenzaban siempre con la proyección del NO-DO NOticiario DOcumental que era como el telediario de la época y que duraba unos diez minutos; el lema del Nodo era el mundo entero al alcance de todos los españoles; por cierto, que las pantallas tenían un telón que se abría al principio de la proyección y se cerraba a su término; el NO-DO apareció oficialmente con una disposición que anunciaba que, no se podía editar en España, ni en sus posesiones o colonias, ningún noticiero cinematográfico ni documental de este tipo que no fuera el NO-DO utilizandose como propaganda de la Dictadura en blanco y negro; el NOticiario DOcumental cuya exhibición fue obligatoria en todos los cines de España durante casi 40 años, sirvió al Régimen para difundir sus valores y exaltar la figura del dictador; el documental siempre iba acompañado de las imágenes del NO-DO con entrevistas a historiadores, periodistas y antiguos trabajadores del noticiario que contribuyeron a comprender el significado de aquellos años manipulados informativamente; desde 1943 a 1975, fueron exhibidos 4016 programas del NO-DO en los cines de toda España y en 1975 dejó de ser obligatorio su pase previo a cualquier película; la música del NO-DO la compuso Manuel Parada, compositor de bandas sonoras como Los últimos de Filipinas o El escándalo, además de la conocida sintonía del NO-DO.


Los cines más lujosos de Madrid estaban en la Gran Vía, que eran donde solían estrenarse las películas, era el caso de el Palacio de la Música, el Palacio de la Prensa, el Callao, el Capitol, el Avenida, el Lope de Vega, el Coliseum, el Rex, el Rialto... Inmensos carteles pintados a mano lucían sus fachadas anunciando los estrenos del momento;  en el estreno en 1961 de Los cañones de Navarone figuraban hasta unos cañones que echaban humo.



Los cines que había por la zona de Bravo Murillo abarcaban desde los modestos Bellas Vistas en la calle Francos Rodríguez, o el Europa en la calle Bravo Murillo (donde los asientos no tenían cojín) por lo que no resultaban demasiado cómodos, hasta los que tenían asiento de butaca con cojín, como los Lido o Versalles; otros fueron el Cristal, Tetuán, Condado, Metropolitano en Reina Victoria, etc...


Había dos cosas omnipresentes en los cines, con independencia del lujo y de la calidad de las instalaciones: eran los acomodadores y el
ozonopino, que seguramente los lectores más jóvenes no sabrán qué era, pues el ozonopino era agua perfumada con un aroma que recordaba vagamente al olor del bosque (parecido al de los ambientadores de los coches), los acomodadores lo esparcían por la sala entre proyección y proyección ayudándose de un pulverizador y como te cayeran algunas gotas en la ropa ya tenías el dichoso olor para largo; para quien le pueda chocar esta costumbre del ozopina, recordarles que por aquellos tiempos no se disponía de tanta facilidad como hoy en día para acceder al agua corriente y muchas viviendas carecían incluso de cuarto de baño, por lo que era muy poca la gente que se duchaba a diario y para muchos bastaba el baño semanal, no resulta difícil imaginar por tanto cómo podrían oler esas salas de cine en pleno verano.

Pero bueno, los
acomodadores además de rociarnos con el ozonopino tenían otras misiones, como la de acompañarnos hasta nuestra localidad ayudados de su linterna si nos acomodaba durante la proyección, cerrar las cortinas de acceso a la sala al inicio de la proyección y descorrerlas a su fin o en los descansos y echar de la sala a los revoltosos que armaban jaleo; era casi una norma dar propina a los acomodadores.

Estos días me estoy acordando mucho del cine de verano que solia estar en uno de los barrios obreros de Madrid en los años 60; una de las diversiones favoritas era el cine que ponían en verano justo frente a un hospital militar, era un edificio viejo y destartalado que tenía un patio enorme y que se llenaba en verano de sillas de madera y cáscaras de pipas; eso si querías hacer gasto, un exceso, porque las más de las veces la realidad es que la cena venía hecha desde casa, filetes empanados (uummm, qué ricoss), tortilla de patatas, pimientos fritos..., cualquier cosa que se pudiera meter en pan valía.

Recuerdo que las películas de los cines de verano venian en cintas muy pasadas debido al uso por su antiguedad, requetepasadas año tras año por lo que casi siempre y en lo mejor de la proyección, se cortaba con la consiguiente escandalera general; recuerdo como silbabamos algunos
con dos dedos en la boca porque sonaba más alto.

Por supuesto, si la película terminaba con beso en barbilla, aunque a los españoles ni barbilla siquiera nos permitía el Generalísimo, directamente se acababa la película y todos para casa, andando y con la fresca, no sin haber silbado unas cuantas veces más.


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