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El Paseo de las Delicias, llamado originalmente Paseo de las Delicias del río, aparece por primera vez en el siglo XVIII en los planos de Madrid; era una avenida diseñada como una extensión del Paseo del Prado, en ruta hacia el río Manzanares por el sur; desde la Puerta de Alcalá salía este camino arbolado en ambos arcénes que solía emplearse como lugar de paseo de los madrileños de la época; el Paseo corría paralelo a la fachada Este del Hospital General; este camino era uno de los que bajaba por el sur de la ciudad, directo hacia el canal del río Manzanares; las primeras casas construidas en la zona dieron el nombre de Barrio del Sur o del Perchel; bajo el Paseo de las Delicias circulaban los trenes que unían la Estación del Norte con la Estación de Delicias por la calle del Ferrocarril.

 
Entre los siglos XIX y XX se fundaron los primeros barrios del distrito de la Arganzuela; en el año 1924 se abría en la antigua Dehesa de Arganzuela (parte del espacio que ocupa la actual Plaza de Legazpi) el Matadero Municipal de Legazpi y en el Paseo de las Delicias nº 67 se instala el Instituto del Pilar para niñas huérfanas, así como la Institución Virgen del Pilar (Colegio Nuestra Señora de las Delicias); en los años cincuenta se ubica en el Paseo de las Delicias nº 28 uno de los hoteles de lujo de Madrid: The Carlton, que cuenta en su fachada con un mosaico de Santiago Padrós.

El propietario de un carrusel en el Paseo de las Delicias que se llamaba tío Esteban, populariza en España la denominación Tío Vivo debido a una historia popular en la que parece ser que resucitó el día de su entierro; tras este suceso los madrileños de la época solían acudir al Paseo a ver el carrusel del tío vivo.


En 1942 el tranvía Usera-Atocha subía por el Paseo de las Delicias con racimos de viajeros colgando montados en el trole lo cual se hizo muy popular ya que no se pagaba el billete.

En los años 40 y 50, el Paseo de las Delicias era un barrio popular y ferroviario que inspiró los versos de José Luis Cano con Viernes de Las Delicias.

Cuando salgo a la luz de este viernes dorado
estrena la mañana sus pájaros primeros.
Es un viernes de barrio, humilde pero hermoso,
viernes de las Delicias, viernes arrabalero...

Recuerdo perfectamente con 5 añitos, subir andando desde la casa que viviamos en alquiler en la calle Alicante de la Glorieta Mariana de Jesús hasta nuestra futura casa sita en el Paseo de las Delicias y subir al primer piso para ver como era nuestra nueva casa; después de un rato  de inspección, pude bajar a la calle a empezar a conocer a los niños que serían mis futuros amigos del barrio, tomé contacto con algunos de ellos y subimos a ver las obras de ampliación del cuarto piso de uno de los bloques, ahora me pongo a temblar de lo que me hubiese podido ocurrir ya que nos pusimos a jugar entre las vigas del tejado a medio construir, menos mal que uno de los guardas jurados de la barriada se percató y subió a echarnos de las obras con cajas destempladas.

Recuerdo de mi casa que durante el invierno pasabamos parte del tiempo en la cocina gracias a la cocina de carbón dónde mi madre cocinaba, había un enorme depósito de agua caliente encima de la cocina que nos servía para poder ducharnos con agua caliente debido al calor del carbón de la cocina; hasta que un año mi padre compró una salamandra o estufa de carbón y la instaló en el salón, de esta manera ya teniamos muy buena temperatura por toda la casa.


Ni que decir tiene que pasé el Bachillerato Elemental haciendo los deberes en la cocina de mi casa, con mi madre friendo las croquetas o haciendo la tortilla de patatas, con la ventana abierta, aunque fuera invierno para que saliera el humo tanto de la sartén como del carbón que alimentaba la cocina, mientras en la radio sonaba: La Sociedad española de Radiodifusión, por su cadena de ondas propias y asociadas presenta: Un arrabal junto al cielo de Guillermo Sautier Casaseca, con el cuadro de actores de Radio Madrid, Matilde Conesa, Pedro Pablo Ayuso,  Juana Ginzo, Matilde Vilariño,  Teófilo Martínez, etc...


Mucha gente dispone hoy en día de calefacción en sus casas, pero en aquella época y dentro del estrato social al que nosotros pertenecíamos, lo usual era tener una buena estufa catalítica de gas butano y punto; por supuesto, en casi todas las casas, la estufa se colocaba en el salón-comedor, donde la familia pasaba más tiempo; pero como una sola estufa era insuficiente para calentar todo un piso, lo normal era cerrar la puerta del comedor y aislarlo del resto de la vivienda, con lo cual creabas una temperatura muy alta en la pieza mientras el resto del piso estaba directamente helado... el hacer una excursión al lavabo era como salir de expedición a la Antártida, por no hablar de la combustión del butano, que, sumado a la intensa neblina de los cigarrillos ducados de mi padre, creaban una atmósfera enrarecida y algo baja en oxígeno que te sumía en una deliciosa somnolencia  mientras veías la tele a oscuras, por la noche.


El procedimiento para aprovisionarse de combustible para nuestras estufas era bien simple: el butanero pasaba varios días a la semana, en concreto en nuestro barrio, la llegada del camión se anunciaba con un ensordecedor entrechocar de bombonas vacías; al estruendoso campaneo salían todos los vecinos a las ventanas, balcones y terrazas: Butanooo, 1 al 4º piso 1ª dcha o Butanooo, 2 al 5º piso gritaban las mujeres; siempre fue un misterio para mí cómo aquellos fornidos butaneros podían memorizar todos los pedidos… ; cuando llegaban a tu casa, había que pagarles la bombona más propina (que se incrementaba proporcionalmente a la altura que tu vivienda ocupaba en el edificio), luego le quitaba el tapón negro a la bombona llena, y se lo colocaba a la vacía que se llevaba.


Qué tranquilidad te daba el tener de nuevo las bombonas de la casa llenas otra vez… si alguna vez el butano no pasaba el día habitual, la sensación de inseguridad y zozobra en el vecindario era general y es que dependíamos totalmente de aquellas entrañables y rechonchas bombonas para nuestra sencilla vida diaria…


En la cocina también teniamos una nevera, de esas que habia que meter el trozo de hielo por la puerta superior, con esto se conseguian mantener en perfecto estado los alimentos que necesitaban refrigeración, de hecho, yo tenía que ir a diario a comprar el trozo de hielo a una fábrica de hielo cercana a mi casa; recuerdo ese olor permanente a amoníaco cuando iba a la fábrica de hielo, veia como agarraban con un garfio unas enormes barras de hielo, te partían un pedazo y te lo echaban en el cubo que llevabas a esos efectos, después había que volver corriendo a casa para evitar que el hielo se derritiera por el camino.

Las neveras tenían la particularidad de que no eran eléctricas, simplemente eran unos armarios de madera con una capa de corcho intermedia y unas puertas con juntas de goma para hacerlas estancas; generalmente por dentro estaban forradas de zinc con algunas estanterías; solía tener un compartimento en la parte alta, al que se accedía por el techo del armario o en por el frente en la parte superior, luego tenían la puerta que daba acceso a la cámara donde se guardaban los alimentos y en la parte inferior tenían un cajón bastante grande donde se acumulaba el agua del deshielo.

El funcionamiento era muy simple, se compraba una barra de hielo (yo iba a la fábrica que había en la calle Bustamante cerca de la cárcel de Yeserias) y se metía en el compartimento superior de la nevera; durante el día se iba descongelando y lo que había dentro estaba fresquito; al día siguiente había que vaciar el cajón del agua donde se recogía lo que se iba derritiendo.

En esos tiempos y debido a la escasez de espacio en la nevera, se compraba solo lo que se iba a utilizar en el día, yendo a los ultramarinos y al mercado de abastos a comprar solo lo necesario.

Como decia antes, la vida transcurría en la cocina, en invierno en las ciudades frías como Madrid, la protagonista esa cocina caliente por el carbón, la familia desayunaba, comía, se hacían los deberes, se cosía, se oía la radio, se leía el periódico, se bañaba a los niños usando un barreño de aquellos de zinc o si no, en la misma pila de lavar, también se cenaba y se hablaba de lo acontecido durante la jornada.

A diferencia de los aparatos convectores actuales, el fuego de la cocina de carbón sólo hacía ruido pero era muy agradable oir el crepitar de las astillas y el carbón en la lumbre (el carbón y astillas lo teníamos en una carbonera en el balcón que daba al patio); uno podía dejarse caer en cualquier dulce ensoñación mirando fijamente el rojo suave que se entreveía entre las arandelas de la placa de la cocina y poner trozos de pan para tostar que eran una delicia.

Desde muy temprana edad me vienen muy buenos recuerdos de la música de aquellos tiempos, sobre todo las que oía en mi casa mientras mi madre estaba en la cocina, nosotros mientras jugábamos oíamos en la radio aquellas radionovelas con sus efectos especiales que nos hacían sentir que estábamos viviendo esas historias, las más famosas eran Ama Rosa, Matilde, Perico y Periquín, etc... también tengo recuerdos de muchas cosas del día a día como: productos alimenticios, utensilios que se usaban en las casas, otras cosas, etc...

En verano la vida transcurría por otros derroteros, el protagonismo social se desplazaba hacia los amigos, estar con ellos en la calle hasta bien entrada la noche, mientras nuestras madres nos esperaban sentadas a la fresca en las aceras delante de las casas a que volvieramos a media noche...

 
Si a lo largo de nuestra vida nos diesen un euro cada vez que utilizamos la frase poner la mesa o pon la mesa seguramente nuestras cuentas corrientes estarían mucho más boyantes de lo que lo están en la actualidad, sin embargo, si lo pensáis detenidamente esta frase es un sin sentido, ya que la mesa en sí está puesta y siempre está ahí, lo único que tenemos que hacer es vestirla con  el mantel, añadir los cubiertos, los vasos, etc.

¿Entonces por qué utilizamos poner la mesa?
 
 
Voy a intentar, en esta página, hacer una recopilación de lo que poníamos en la mesa en las décadas de los 50, 60 y 70......

Me permito hacer una exposición de elementos de decoración del hogar de los años 50, 60 y 70 ya que, existen tantos elementos de hogar que forman parte de nuestra vida cotidiana, que en una sóla exposición me parecía demasiada información visual, además como ya os he comentado, en mi caso, existían diversos tipos de decoración en el hogar de mi infancia.... desde elementos de los años 50 a los 70 y como ya he dicho también en alguna ocasión todas las imágenes mostradas son de elementos reales de la época, no reproducciones o reediciones de la actual tendencia vintage.

La mayoría de fotografías incluidas en esta página, son de elementos prácticamente idénticos a los que formaban parte de mi infancia en los años 50, 60 y 70, posiblemente los que leáis o veáis  esta página, no asociéis ciertas imágenes a vuestra niñez ya que cada casa tenía su propia idiosincrasia...

Vamos pués con más información gráfica de los hogares de los años 60 y 70...

No olvidemos esos muebles de Formica? eran de un laminado de alta presión que buscaba un sustituto para la mica (en inglés: for mica) como material aislante, la formica desde su llegada a Europa pasó a formar parte de la decoración, a nivel mobiliario, de la mayoría de hogares debido a su económico precio y gran durabilidad.


Más utensilios que se utilizaban en las cocinas de los hogares




Que más se usaba en los hogares?


En los hogares de los años 60 y 70 la potencia eléctrica habitual era de 125V (Voltios), con la llegada de electrodomésticos de mayor potencia eléctrica (220V) empleábamos transformadores o adaptadores para adecuar dicha potencia, además no existían los contadores eléctricos con diferencial sino que dichos contadores eran alimentados con fusibles o coloquialmente dichos plomos...


¿A cuántos de mi quinta no se nos han fundido los plomos alguna vez?



Seguimos con más utensilios que se utilizaban en los hogares



Utensilios que se utilizaban en los cuartos de baño



Más cosas de las que se usaban en los hogares




Labores que se hacian en los hogares



En cada hogar habian varios aparatos que eran imprescindibles como la radio, la televisión, el teléfono, etc... El teléfono era un aparato que todavia no tenian todas las casas, y servía principalmente para dar recados, a veces venía algún vecino a pedir el favor de que le dejaramos hacer una llamada urgente; en mi casa se instaló en el aparador del Salón y posteriormente se colgó de la pared del pasillo, lejos de mi alcance; a veces me cogían en brazos y me dejaban descolgar el auricular o marcar los números en el dial (nunca las dos cosas al mismo tiempo); las contadas comunicaciones telefónicas que se hacían llegaban a los bares o las casas de comidas de las esquinas de los bloques de viviendas, en los que, además de poder calentar la comida de medio día a cambio de consumir la bebida, se podían recibir llamadas telefónicas, una de estas casas de comida era la Ochava, ubicada en la esquina de la calle Bustamante con el Paseo de las Delicias, muy cerca de donde vivía yo; en otras ocasiones, cuando se quería poner conferencias a familiares se bajaba hasta la oficina más cercana de la Compañía Telefónica para pedir aviso de conferencia, de modo que quien fuese a recibir la llamada estuviera en la fecha y la hora concretada en la centralita del pueblo.

Más tarde, se hizo habitual comprar fichas en el bar de la esquina para hacer una llamada telefónica, aunque cada vez fuera más común la existencia de aparatos de teléfono en las casas; funcionaban ya casi 90.000 teléfonos en la Capital, estando distribuidas alrededor de 148.000 fichas (éstas eran doradas y tenían hendiduras y flechas, siendo devueltas una vez acabada la conversación); también era habitual hacer las llamadas desde las cabinas de teléfonos que estaban instaladas en bastantes calles de las ciudades y pueblos de España.


En los teléfonos públicos de fichas se podia leer en una etiqueta que estaba en la parte superior del teléfono la norma de utilización.

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