El Rastro - Viaje en el tiempo

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El Rastro

Mi Madrid

El Rastro de los años sesenta conservaba aún el abigarrado muestrario de las baratijas y los restos de casas grandes desaparecidas y expoliadas durante y despues de la guerra, cuando la guerra, por la guerra, gracias a la guerra; ir al Rastro era casi un rito, pasear entre los puestos de llaves mohosas, de acuarelas de aficionados, de grabados, de jaulas con jilgueros, de libros de segunda mano o restos de ediciones de dudosa integridad y, cómo no, legítimos muebles antiguos y otros en la duda de la falsificación, primorosa, eso sí, ropavejeros militar y paisano, griferías, somieres, casquería de cuartos de baño y un sin fin de herramientas de todo tipo con sus herrumbres a cuestas, todo ello era el termómetro de unos despertares cada día más confiados, más unánimes de vencer el pasado.


La almendra o centro de aquel Rastro estaba formada por profesionales de la venta y de la compra, muchas veces desvergonzados y en el regateo con mucha clase, un juego de medias palabras, gestos, desinterés aparente, remoloneo y desplantes en un me voy pero vuelvo que, por sí solos, resucitaban los viejos sainetes de Arniches con un costumbrismo real.

Ir al Rastro y no intentar encontrar algún cuadro descolorido de un prócer u hombre ilustre que es respetado por sus cualidades; alguna cornucopia auténtica restaurada torpemente con purpurina;  un bargueño o mueble antiguo con incrustaciones; una bitácora para la decoración de un pub o un par de mecedoras de enea, el no encontrar nada de tu gusto, era conformarse con lo superficial, bien con raciones de callos sublimes, con auténticas berenjenas de Almagro o pantalones vaqueros de la marca que entonces reinaba Wrangler’s de remaches, para usarlos con jerséis anchos, largos, que los progres bautizaron con el nombre de pullovers, que no se compraban en El Rastro, a no ser en las tiendas donde predominaban la ropa militar y los abrigos decimonónicos de donde se surtían las sastrerías para el cine o el teatro.


Mágicas mañanas de domingos soleados, arrastrar de pies, con las manos en los bolsillos para evitar tentaciones ajenas y la mirada en abanico para evitar a los tomadores del dos, en el argot significaba pequeños hurtos;  el Rastro, cementerio de muchos pasados y amanecer vidas distintas.


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