El tabaco que fumabamos - Viaje en el tiempo

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El tabaco que fumabamos

Cosas de nuestra vida

Uno de los ritos de mi juventud era fumar, y fumar en aquella época era síntoma de persona adulta capaz de tener responsabilidades, de hecho, los hijos no solían fumar delante de los padres hasta que volvían del servicio militar o como en mi caso cuando mi padre un día en la mesa después de comer me invitó a fumar un pitillo (que sensación de persona mayor tuve en esos momentos, incluso noté como mis hermanas se contagiaron de mi alegría).


Los muchachos de mi época fumábamos a escondidas, primero empezábamos por unos
cigarrillos de anís que venían atados en un rollo, sí, de anísetes, que vendían en los puestos de pipas de la época, eran tremendos, sabían a rayos, olían a anís y si te tragabas el humo te mareaban; también comprabamos la picadura y liabamos los cigarrillos con papel de fumar, como no, también comprabamos los Ideales y los Peninsulares los cuales eran infumables, después pasabamos a comprar cigarrillos sueltos ya de calidad, los más famosos que yo recuerdo y por los que empezábamos (también eran los más baratos) no tenían boquilla y eran de tabaco negro, eran los Celtas y si hablamos de tabaco rubio, como no, Bisonte, horribles ambos y con unas estacas que a veces ni ardían, los vendían sueltos porque el precio de la cajetilla era prohibitivo para la mayoría de nosotros (un cigarrillo Celta costaba 20 céntimos y un Bisonte 50 céntimos), los emboquillados rubios ya eran palabras mayores, eran americanos de importación y costaban un pastón LM, Marlboro, Kent, Winston, Lark, Camel, Chesterfield, Philips Morris, etc... el precio era de una peseta el cigarrillo, o sea, una salvajada.


Disponíamos de muchísimas marcas de cigarrillos a elegir, tabaco negro o rubio, se podía adquirir tanto en estancos como en bares e incluso en las barracas de chucherías, los podías comprar por uniddades y además se podía fumar en todas partes y cuando digo todas quiero decir TODAS ya que se fumaba incluso en los hospitales.


Os muestro a continuación una selección de cajetillas del tabaco rubio que fumabamos en mis tiempos mozos.



Pues sí, echar humo delante de tu panda era otro indicio de que ya te habías convertido en adolescente, eso sí, con cuidado de que no te pillaran en casa pues la bronca si no la bofetada estaba asegurada, se consideraba por parte de los mayores un pecado de los más mortales y os aseguro que no era por una cuestión de salud (pensemos que hasta los sesenta estaba mal visto que las mujeres fumaran), pues bien, era una cuestión de respeto, creo que hoy en día me cuesta entenderlo a mí que lo he vivido, por cierto, quien no se hizo un cinturón con las cajetillas vacias de tabaco.


Muchos de nosotros recordamos el mareo posterior a nuestras primeras bocanadas de humo de uno de esos cigarrillos que comprábamos sueltos en el quiosco o que se lo quitábamos hábilmente a nuestros padres, las marcas eran muy variadas Sombra, Rex, Rumbo, Celtas y los famosos mentolados Piper, Rocío, Paxton y Reno; cuando la economía iba viento en popa, hacíamos una excepción y comprábamos Winston.

Eran tiempos de Salas de Baile, Discotecas o Guateques en casa de algún amigo pasando las tardes del domingo bailando mientras apurábamos los últimos cigarrillos del paquete de fin de semana, no podíamos llevar a casa olor a tabaco y mucho menos el paquete escondido, era peligroso, y para evitar ese olor utilizábamos los chicles con sabor a menta.


También eran tiempos de cortos noviazgos y besos robados, nuestras primeras experiencias de pareja, muchas veces fueron acompañadas de un cigarro, después de unos besos, sacábamos la cajetilla y encendíamos un cigarro, era como una demostración de madurez... una madurez a los 15 años, después la chica te hacía la pregunta habitual ¿Tú, te tragas el humo?, y uno que no quería parecer un pardillo hacía alarde de ser un gran fumador, dando una buena calada al cigarro y provocando en muchas ocasiones unos grades lagrimones acompañados de toses y atragantamientos; en fin, fueron años de juventud, tabaco negro, inexperiencia y sobre todo de muchas ganas de vivir.


Eran los  ritos de paso de aquellos tiempos hoy extinguidos pero cambiados por otros tiempos diferentes, ritos que siempre han existido, existen y existirán y son innatos a la condición humana.

A continuación, os muestro las cajetillas de Tabaco Negro que soliamos comprar en las máquinas expendedoras de tabaco.


A continuación, las cerillas y los encendedores.


Los encendedores que utilizábamos eran, el Flaminaire de nuestro padre o hermano mayor, los chisqueros y en el peor de los casos las clásicas cerillas con dibujos de mariposas, toreros o animales salvajes.


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