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Armas apellido Díez: La casa Díez, del Valle de Santibáñez, los de Campoo de Suso y los del lugar de Mazandrero, todos de Cantabria, traen: en campo de gules, una torre, de oro, y saliendo de su base, un brazo vestido, de sinople, con una espada desnuda, de plata, en la mano; bordura de plata, diez cabezas de moro, con turbantes, de gules.


Origen del apellido Diez
Apellido patronímico, derivado del nombre de Sanctus lagus, como el de Díaz, del nombre de Día o Diego, de él existieron tantas familias que, por lógica natural, no tienen relación entre si, es por tanto sumamente difícil concretar con total exactitud el punto de procedencia de su origen; son considerados como un mismo apellido patronímico porque ambos se derivaron del nombre propio Diego, así es, y puede añadirse que los descendientes de varias casas solares de estos patronímicos, se apellidaron Diez o Díaz indistintamente.

Muy extendido por toda la Península; algunos de sus linajes probaron su nobleza en las diferentes Órdenes Militares y en las Reales Cancillerías de Valladolid y Granada.

También se observa en las líneas dimanadas de un mismo solar, que unas apellidaron Díaz, mientras otras, en cambio, usaron el apellido Diez, sin perjuicio de que unas y otras ostentaran idénticos escudos de armas.

Tratamos, sin embargo, el apellido Diez
separadamente del de Díaz, porque hay también algunas casas y familias que se apellidaron solo con el patronímico Diez, sin confundirlo ni alterarlo con el de Díaz, y usando armas completamente distintas de las que usaron las de este último.

Aconseja, además, esa separación, que no pueden considerarse como originarias de un mismo solar y tronco, como algunos autores pretenden, todas las casas y familias de un mismo patronímico, porque hay entre el punto de que nada tienen que ver unas de otras, ni las une el más lejano vinculo de parentesco.

Para mas clara inteligencia de todo lo consignado, se recogen datos de varias casas nobles e hidalgas del patronímico que ahora nos ocupa, cuidando de señalar las que se apellidaron Diez y Díaz, indistintamente las que usaron el Diez, aunque procedían del mismo solar que otras que llevaron Díaz y las que no tuvieron ninguna relación con casas del patronímico Díaz; también se marcan las familias que se apellidaron únicamente Diez, las que tuvieron relación de origen y solar, y las que no ofrecen ningún vínculo de procedencia ni de parentesco, por ser completamente distintas.

En el Valle de Carriedo (Cantabria), hubo una casa solar de Diez, que desvió tener el mismo origen y tronco que la de Díaz de Reguero, del lugar de Ibio, en la misma provincia, pues tiene idénticas armas; una rama de esa casa de Diez, se apellidó indistintamente, Diez Montero y Díaz Montero.

En lo que respecta a Cantabria, entre algunos de los muchos Caballeros que probaron su hidalguía ante la Real Chancillería de Valladolid, figuran: D. Alonso, D. Francisco, D. Nicolás, D. Domingo y D. Roque Diez, de las Presillas, en 1740; D. Juan Diez, de Iguña, en 1533; D. Luis Diez de Cara, de San Vicente de la Barquera (?); D. Matías Diez, de Hermosa, en 1729; D. Santiago Diez, de Reinosa, en 1826 y D. Tomás Diez, de Ríoseco,  en 1816.


JUAN ESLAVA GALÁN
Arjona (Jaén) 1948...

Diez en la Peña negra de Tíscar

De su libro Leyendas de los Castillos de Jaén

Las hojas amarillas del otoño disimulaban el camino entre los árboles, sin forzar el paso de su caballo, el infante don Pedro se dejó conducir hasta un altozano donde lo aguardaban, contera de lanza en tierra, los adalides de su ejército, desde allí se veía por fin el renombrado castillo de Tíscar, objetivo de aquella expedición.

Un espinazo de piedra cerraba el verde valle, dejando apenas un portillo en la parte más baja para que pasaran juntos el río y el empedrado camino que iba de Quesada a Baza; guardando aquel portillo, sobre un risco inaccesible, se veían los muros y torres sólidamente labrados de Tíscar, una mole pétrea de escarpadas paredes dominaba al castillo: la Peña Negra; un poco más abajo, entre la arboleda, cerca del río, se adivinaba la oquedad de la Cueva del Agua, con su fuente santa, allí adoraban los cristianos a una virgen antigua.

A un lado y a otro se abría el valle como un anfiteatro y se veían árboles y huertas y amates en los que se espejeaban los soles del agua, no había humo en las chimeneas de las blancas alquerías: conociendo que venían los cristianos sus moradores se habían puesto a salvo aquella misma mañana y se habían retirado por el camino de Baza; partidas de adalides y moros a sueldo de Castilla se veían aquí y allá registrando las huertas en busca de botín.

Después de muchos días de sitio y de algunos onerosos asaltos que fracasaron, Don Pedro empezaba a temer por su sino militar y barruntaba la merma de prestigio que supondría volver a Úbeda con las manos vacías; los maestres de las órdenes militares y otros señores de la guerra que concurrían con sus tropas a la expedición tampoco se mostraban optimistas; celebraron consejo una vez más y decidieron que para tomar la fortaleza había que empezar por desalojar a los defensores de la Peña Negra que desde sus alturas dominaban el acceso al castillo y el castillo mismo, pero esta empresa era poco menos que imposible siendo la peña tan alta que no se podía acceder a ella con escalas si no era con ayuda de los diez moros, guerreros escogidos, que guardaban la cumbre.

Conociendo que el negocio iba a fracasar por esta dificultad, un hombre muy pequeño de cuerpo llamado Pero Hidalgo, que era escudero del Maestre de Calatrava, se ofreció para escalar nocturno la Peña Negra y ganarla para los sitiadores; amparado en una noche oscurísima Pero Hidalgo comenzó su escalada por el sitio que un previo reconocimiento diurno le había parecido más practicable; con las uñas sangrantes consiguió llegar, casi extenuado por el esfuerzo, a la cima. sorprendiendo el confiado sueño de los defensores les dio discreta muerte degollándolos uno por uno al filo de su navaja cachicuerna, luego arrojó los cadáveres al vacío y se echó a dormir.

Cuando amaneció el día, moros y cristianos advirtieron que la noche había propiciado grandes cambios, un nuevo asalto de los sitiadores, eficazmente apoyado por Pero Hidalgo que lanzaba grandes piedras contra las almenas desde sus alturas, consiguió poner pie en los muros de Tíscar y la fortaleza fue sangrientamente conquistada por el infante.

En recuerdo de la hazaña de Pero Hidalgo y de la decena de moros que mató en la Peña Negra se le concedió que tomase el apellido Diez y un escudo de armas en el que se ve una orlada decena de cabezas de moros y un castillo y un lucero.

En versos antiguos se describe así:

Cinco testas de moros un par de veces
Son trofeo al escudo de los Dieces
Y un lucero también en otra parte
que su luz a los mismos fiel reparte.






En campo de gules, una espada desnuda de oro colocada en palo; bordura cosida de gules con ocho aspas de oro.

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