La escuela - Viaje en el tiempo

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La escuela

La escuela

Todos recordamos nuestros años escolares, la entrada y salida de clase, el encuentro con los compañeros, las aventuras y travesuras que vivimos, el temor a que nos sacara el maestro a la pizarra, los dichosos deberes, los castigos y reprimendas en clase,  la hora de las notas... tantas y tantas cosas que calaron tan hondo que no se olvidarán nunca; recordamos nuestra escuela, el día a día, todos aquellas vivencias que como alumnos experimentamos.


Éste es el recuerdo que más grabado se me quedó del primer día de colegio; la maestra o la Seño de sentarnos a todos en los pupitres, garabateó las 5 vocales (luego supimos que eran las vocales, claro, en aquel momento no eran más que extraños e inquietantes signos) en la pizarra y, señalándolas una a una, nos hizo repetir: a, e, i, o, u; era el primer curso de parvulitos, y lo creáis o no, con 3 añitos y medio que tenía entonces, aún tengo una imagen muy clara de aquel día en la memoria...


Recuerdo de mis clases de parvulitos, haber aprendido a leer con fluidez con 4 años, la seño cada mañana pasaba lista y debías levantarte al oir tu nombre y decir... Presente... posteriormente y tras haber rezado, procedíamos a leer (cada día un niño diferente), una especie de papel impreso plastificado con el que todos repasábamos con una cantinela al unísono lo que allí se hallaba escrito....

La capital de España es Madrid
Los puntos cardinales son cuatro: Norte, Sur, Este y Oeste...

Yo diría que la época del colegio que con más cariño recordamos casi todos es la que va desde parvulitos hasta 4º ó 6º de Bachiller; los días de escuela transcurren despreocupadamente, y te lo pasas pipa jugando en el patio con tus compañeros; es más tarde cuando comenzamos a tener consciencia de lo que se espera de nosotros y a pasar nervios y tensiones por culpa de los exámenes y los deberes.


Y el material escolar?
Quienes superan los cincuenta años saben muy bien de lo que hablo, sin duda recordais nuestro aprendizaje de párvulos con la pizarra y el pizarrín; a las niñas portando el cabás; el escueto material escolar guardado en estuches y plumieres de madera; los lápices de colores Castilla y Alpino, aquellas clases de caligrafía en las que los borrones producidos por el plumín se intentaban remediar, casi siempre sin fortuna, con los papeles secantes de Pelikán; las clases de Geografía explicadas sobre mapas multicolores de hule que se utilizaban como fondo cuando se hacían las fotografías individuales o de grupos de hermanos, muchas de las cuales se coloreaban después manualmente; el aprendizaje memorístico del Catecismo, los cuadernos a rayas o cuadriculados sobre los que se desgastaban las gomas de borrar Milán; los límites geográficos y los ríos de España, junto a la tabla de multiplicar, aprendidos por la repetición de cantinelas corales a modo de mantras.

A clase, siempre solíamos llevar nuestras gomas de borrar Milán Nata, más nuestros lapiceros, los afilalápices Puntax y los entrañables bolígrafos Bic (naranja y cristal, dos escrituras a elegir) en aquellos primeros plumiers de madera tan bonitos, que fueron luego reemplazados por los estuches de cremallera de varios compartimentos, donde ya cabían cómodamente nuestros rotuladores Carioca, los colores Alpino, una pequeña regla, el transportador, etc, etc...

Los libros, los forrábamos con papel, hasta que inventaron los forros de plástico, que llevaban incorporadas unas solapas donde se introducían las tapas del libro, fijándolas con cinta adhesiva.


Qué bien olían a principio de curso...


Fué en el colegio Castilla donde cursé mis primeros años escolares, nos enseñaron caligrafía con plumilla y tintero, disponíamos de unas libretas de caligrafía inglesa inclinada (plumilla con bolita en la punta) y otras de caligrafía francesa o redondilla vertical (plumilla plana), con la escritura punteada en gris para reseguir las letras o dibujos; y como no, los pupitres, unos viejos pupitres de madera de aquellos a los que se les levantaba la tapa para acceder al cajón, tenían un agujero para colocar el tintero, y una muesca alargada para dejar la plumilla.


Por supuesto, también utilizábamos aquellas típicas plumas estilográficas Parker, antes de tener los modelos que utilizaban cartuchos recambiables, usábamos unas cuya punta había que introducirla en el tintero y bombear apretando el depósito de goma hasta que éste se llenaba; estas plumillas solían soltar la tinta a la minima de cambio y no eran pocos los bolsillos que tenían la típica mancha azul de la tinta...


Todo este material lo llevabamos junto con los libros, en carteras de cuero que llevábamos simplemente como quien lleva una maleta y a fuerza de llevar todo aquel peso, te acababan haciendo unos buenos callos en los dedos... todos los días solíamos llevar todos los libros y libretas al colegio porque las clases se impartian dependiendo lo que queria el profesor.

Aprendíamos las tablas de multiplicar cantando todos a la vez: uno por uno, es uno; uno por dos, dos...  y parecía ser un buen método, poque las memorizamos de carrerilla y para toda la vida, de todas formas, siempre llevábamos aquellos libritos con las tablas de sumar, restar, multiplicar y dividir encima, por si las moscas.

Los juegos en el patio eran muchos y muy diversos: a pillar, el escondite, el pañuelo, las canicas, la comba, etc... creo que los juegos de la época los pondré en otra página más específica; uno de los más divertidos que recuerdo era el Churro, aunque años más tarde lo prohibieron en la mayoría de colegios... en uno de mis primeros recuerdos del patio me veo en un corro enorme de niños y niñas cantando aquello de el corro de la patata... las niñas solían saltar a la cuerda cantando el cocherito Leré...

Todos estos recuerdos, al estar íntimamente unidos a la niñez, suelen ser recordados con añoranza y melancolía, es por eso que, siempre permanecerán ligados a recuerdos inevitablemente nostálgicos.

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