Las chuches - Viaje en el tiempo

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¡Chucherias!


La merienda no era muy variada: bocadillo de Imperial (era un embutido como el salchichón de color más rojizo y sin duda más barato), de mortadela, de tortilla, pan con aceite y pimentón con sal (terminabas pringoso hasta los pies, pero reconozco que me gustaba mucho), pan con mantequilla y azúcar (lo de mantequilla es un decir, era sucedáneo).


Yo, que era un melindre con la comida, recuerdo con especial cariño la merienda, ahora bien, de todas las meriendas las que recuerdo más gratamente eran las del pan y chocolate, bocado de pan, bocado de chocolate, simplemente era un trozo de una barra o una barrita con un par de tabletas de chocolate; el pan y chocolate significaba la merienda más corriente en aquellos años y los chavales nos teníamos que aplicar hasta convertirnos en verdaderos malabaristas, jugar con un bocadillo en la mano era difícil, hacerlo con las dos manos ocupadas por el pan y chocolate, de circo, pero lo conseguíamos y si no, no importaba, uno de los dos ingredientes, o los dos, quedaban encima de un banco o en el mismo suelo al lado de las chapas o de la portería de fútbol.

Las marcas de chocolate más conocidas eran la Campana del Gorriaga y Nestlé, las dos eran bastante buenas pero caras para nosotros, así que cuando salió el chocolate Vitacal, allá a finales de los cincuenta fue un alivio, se trataba de un sucedáneo probablemente sin cacao, que se vendía por piezas pequeñas (chocolatinas cuadradas) y costaba una peseta, pero venía con cromo incorporado, por lo que nosotros estábamos encantados.

Las chocolatinas de Vitacal tuvieron un éxito impresionante, tanto que su eslogan publicitario se hizo famoso entre nosotros chaval toma Vitacal que el culo te huele mal (lo utilizábamos como sinónimo de corta el rollo repollo, una chulería que servía para interrumpir el diálogo con alguno de nuestros compañeros, a lo que el afectado contestaba: Pá tu padre que a mí me sienta mal, y ya estaba el lío armado.


La peseta era la medida de compra, con ella podías comprar un cucurucho de pipas en papel gris y repleto hasta arriba de semillas saladas (que un rato más tarde te pondrían los labios hinchados literalmente); con una peseta podías comprar también 10 caramelos Saci de menta penetrante, que te dejaban sin respiración en cuanto aspirases un poco, o 10 pastillas de leche de burra blanca o de colores o un sobre de refresco con sabor a limón, naranja o fresa en el que sumergías con avidez el dedo para colocarlo a continuación en la lengua y sentir la efervescencia del Sidral, por 1 peseta un chupa-chups de nata y fresa, de coca-cola, etc..., la oferta era muy variada.


En el apartado chocolates, teníamos paraguas, botellas, sardinas en lata, monedas, ¡¡¡cigarrillos!!!, todos envueltos en un brillante y colorido papel de plata; estaban también los regalices en sus múltiples y variadas presentaciones: de colores, en forma de barras grandes negras y rojas blandas y retorcidas, espirales de regaliz, pastillas de regaliz negro, pequeñas, duras y fortísimas o las raíces de palolú que chupabas y chupabas durante horas hasta que se convertían en una especie de estropajo difícilmente clasificable.

Pero, sobre todo, lo que podías comprar con 1 peseta era un inmenso, oloroso y fantástico chicle Bazoka (se estira y se explota) de fresa o menta; casi puedo sentir todavía esa maravillosa sensación de meterte en la boca un chicle de tres pisos, de un aparatoso y seguramente nada saludable color rosa, con un inconfundible sabor al seguramente aún menos saludable aroma de fresa, al masticarlo y mezclarlo con la saliva se volvía enorme y golpeaba contra el paladar, te costaba dominarlo y parecía que te ibas a ahogar, pero era también en esos primeros instantes cuando más blando era y cuando el sabor te llenaba tanto o más que aquella masa gomosa e informe.


Por supuesto que había más quioscos que los del señor Isidro, todos los domingos, camino de la iglesia de las Angustias solía  hacer una parada en el quiosco del Chepa que estaba justo encima del túnel de la calle Ferrocarril por dónde se ve el humo de la locomotora, era un puesto mucho más grande y tenía más cosas que el del señor Isidro, con el aliciente de que también vendía polos de hielo (¡ay, aquellos maravillosos Camy de naranja o limón a 2 pesetas o los cremosos Frigo de piña a 3 pelas, que mi madre nos tenía absolutamente prohibidos porque eran malos para las anginas y que comprábamos y comíamos a escondidas con mayor placer por aquello de la clandestinidad, aunque de vez en cuando nos dabamos el lujazo de comprar helados al corte de uno o varios sabores, lo ibas chupando redondeando el helado para no perder una gota y las dos galletas se iban uniendo como si fuese una galleta rellena de helado, riquísimos....!).

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