Las medicinas - Viaje en el tiempo

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Las medicinas

Cosas de nuestra vida

Durante mi infancia en los años 70 existían ciertos medicamentos que en la actualidad han desaparecido, bien porque en su momento ciertas sustancias fueron prohibidas, o bien los componentes o principios activos no eran aptos para los niños.

Cuando yo era niño había unos profesionales a los que yo, al igual que muchos niños, teníamos verdadero pánico, eran los practicantes, los que luego serían ATS y hoy DUE; a lo que más temíamos eran a las inyecciones con aquéllas agujas que se hervían e iban de culo en culo, también las jeringas de cristal se hervían y servian para poner muchas más inyecciones, por esta razón, las infecciones en los glúteos estaban garantizadas con ese sistema de esterilización tan precario.


Estas son algunas de las medicinas que soliamos tomar en esos tiempos gloriosos; por ejemplo, si te resfriabas se solucionaba con los parches Sor Virginia utilizados para aliviar dolores musculares y articulares, o el Linimento Sloan o el Vicks VapoRub, etc....



Si necesitabas que te pusiesen un injección, venía a casa el practicante de turno y calentaba en agua hirviendo la jeringuilla de cristal y las agujas hipodérmicas, si estabas mal de la tripa, te ponian una pera con agua caliente para que echases todo, porque en los años 50 era muy habitual encontrar en el baño de la casa artilugios como la lavativa, eran unos recipientes metálicos con una asa y con una salida en su parte inferior a la que se conectaba un tubo o manguera de goma en cuyo extremo iba adosada una llave para abrir y cerrar el flujo de líquido, servía para hacer lavativas vaginales o enemas rectales, y por ejemplo, si se te estaban cayendo los dientes, para no esperar a que cayesen solos, se ataba un hilo al diente y se daba un tirón de él.



¿Quien no tenia miedo del practicante?


Cuando llamaba a la puerta, y aparecía en la habitación, con un pequeño maletín en el que llevaba una cajita de metal que sacaba del maletín y pedía a mi madre alcohol y algodón, pues de la caja de metal sacaba la jeringuilla que colocaba en el fogón para que hirviese junto a las agujas hipodérmicas, una vez hervidas, introducía la aguja en la botellita del inyectable y se iba llenando; con la jeringuilla en una mano y en la otra el algodón empapado en alcohol se acercaba el practicante hasta la cama o a dónde me colocaba con el pompis en bandolera para proceder a ponerme el pinchazo; una vez hecha la pregunta


¿En que lado te toca hoy?


preguntaba el practicante y yo señalaba con mi mano el cachete correspondiente. con toda la tensión acumulada, aquello dolía de verdad, incluso pasado un buen rato y lo peor de todo era que al día siguiente se repetía la misma escena hasta que el médico te daba el alta.

Bueno, quizás he exagerado un poco… no había nada más odioso que las inyecciones, aún recuerdo el olor de la sala del practicante y aquel hornillo de esterilizar siempre hirviendo en una esquina, con las jeringuillas y las agujas dentro, jeringuillas de cristal, y agujas de acero, todo se esterilizaba y reutilizaba, aunque tengo serias dudas de si realmente, entre paciente y paciente, aquel material tenía tiempo de esterilizarse convenientemente; la bajada de pantalones, sobre las rodillas de mamá, el siniestro practicante golpeando con la uña las ampollas, y cortando con aquellas pequeñas limas la parte superior de la ampolla de cristal …; luego, los tres toques secos de nudillos y… el gran pinchazo! en fin, las inyecciones, para las madres, eran mano de santo, parecía que se quedaban más tranquilas cuando te las recetaban.


Las más odiadas eran las de aceite de hígado de bacalao entraba muy, muy, muy mal, el susodicho aceite… qué dolor!


En el ambulatorio las cosas funcionaban de una forma muy diferente a la actual, lo primero de todo, es que tenías que ir a coger número personalmente, nada de llamadas telefónicas ni centrales de reserva, te ponías a la cola, decías el nombre de tu médico y te sacaban de uno de aquellos pinchos que tenian sobre la mesa una moneda redondita de cartón perforada con el nombre del médico y el número, era como si te dieran una moneda de pega, algo manoseada y pringosa por el uso, probablemente usaban como plantilla una moneda de 10 duros de la época.


Luego, a esperar, las colas eran interminables y a menudo salían fuera del mismo edificio; otra cosa que recuerdo es la poca higiene, en los alrededores del ambulatorio se esparcían todo tipo de restos procedentes de análisis de sangre, extracciones dentarias, y otras cosas más desagradables que me ahorraré describir, la verdad es que entonces, la gente tiraba las cosas directamente al suelo, recuerdo perfectamente cuándo comenzaron a instalar las papeleras callejeras bien entrados los 70, hasta ese momento, era normal arrojar los envoltorios de los polos, bocadillos, papeles, etc. al suelo y sin más miramientos.

En las casas de entonces, era constumbre tener siempre a mano un botiquín atiborrado de remedios y medicamentos, nunca faltaba el famoso Optalidón el que años más tarde se le conocía como la droga del ama de casa, ya que gracias a su composición rica en codeína, provocaba una adicción importante: vaso de café con leche, y optalidón, el Prozac de la época! nuestras abuelas se contentaban con su botellita de Agua del Carmen, una combinación de tisana, melisa, tila y otras hierbas medicinales inocuas, en una suspensión con cierto grado alcohólico… no sabían nada, las abuelitas!

¿VOSOTROS TOMÁSTEIS AGUA DEL CARMEN?.....YO SÍ....!!!

Yo la tomaba con bastante desagrado (me la endulzaban empapando un azucarillo), para el dolor de cabeza o de barriga, el dolor no es que desapareciera, sino que se aturdía.... con más de 80º de alcohol no es de extrañar, pobres padres, no eran conscientes de la magnitud del error, auí tenéis la receta milenaria del Agua del Carmen :


El agua del Carmen, agua de toronjil o de melisa, es un licor que se elaboraba en el siglo XVII por los monjes de los Carmelitas Descalzos con el ánimo de curar los problemas nerviosos, la histeria, los problemas del alma, la violencia o incluso el mal humor.

Este licor tiene como base la esencia de la Melisa (Toronjil), que es una planta con un gran poder relajante, aunque también contiene otras plantas como la canela, la raíz de angélica, el clavo o la nuez moscada, que le suman propiedades digestivas y aroma.

El agua del Carmen se sigue consumiendo hoy en día, sobre todo el Sudamérica, pero también se puede encontrar en farmacias y herbolarios de Europa, se toma en forma de gotas que se añaden a un vaso de agua o a una infusión relajante.

Su fórmula es sencilla, aunque como siempre hay que asegurarse de que las plantas que se utilicen sean de buena calidad, para asegurarnos de que tiene sus propiedades intactas.

1/2 litro de alcohol potable de 80º o 95 (o ron de buena calidad)
1/4 litro de agua filtrada
200 gr. de hojas frescas de melisa
La corteza de un limón o de una naranja
15 gr. de canela o de nuez moscada
1 cucharada de angélica (la raíz)
Una cucharadita de clavos de olor

Nuestros mayores tomaban también sellos de Melabón, mano de santo para cualquier tipo de dolor y Cafiaspirina, y si teníamos tos, pues… Fórmula 44, no sé si funcionaban muy bien, pero al menos estaban muy buenas y su forma triangular era super original, y para nuestras heridas, Mercromina  y esparadrapo Imperial con un poquito de algodón, luego salieron las tiritas plásticas.

Ahora, lo bueno, lo bueno para las heridas, lo que las secaba ipso-facto eran… los polvos de sulfamidas Azol, esto no faltaba en casa nunca…

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