Las Verbenas - Viaje en el tiempo

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Las Verbenas

Tiempo de ocio

Aquellas ferias de San Isidro y de la Paloma que vivimos los que nacimos en los 50 o los 60 en nuestra etapa de jovencitos, las que yo recuerdo se hacían en el llano que había dónde estaba el estadio del Manzanares y la fábrica de cervezas Mahou.

Las imagenes son de las verbenas de las que tan solo quedan en las actuales  el olor de los churros al freírse y el polvo que levantan del suelo los pies de los asistentes.

Cuando los madrileños no teníamos ni cine, ni televisión, ni radio, que no se habían inventado, unían a una vida generalmente dura y difícil las escasas, por no decir nulas, posibilidades de esparcimiento; del trabajo a la taberna, ellos, y de la durísima tarea en el hogar, muchos críos y ningún electrodoméstico, al cotilleo de patio de vecindad, ellas.

Las verbenas anuales que había en cada barrio eran la única válvula de escape de aquellas gentes: el irse a beber un agua de cebada, o un “chato” de vino, o agua, azucarillos y aguardiente del botijo, divertirse en la verbena y rematar con un  bailoteo en la kermés.

La verbena clásica, antecedente del parque de atracciones, permitía al personal darse un chute de adrenalina, hacer exhibición de fuerza, o de habilidad, o todo a la vez, y reírse un poco hasta de sí mismos olvidándose por un día del sentido del ridículo, tan fuerte entre nosotros.

Fabricadas con cuatro maderas y unos brochazos de pintura, las atracciones eran humildes pero con un ingenio tal, que el visitante acababa por acercarse y picar; el desarrollo tecnológico acabó por relegar al rincón de la ingenuidad a aquellos ingenios y poco a poco la aparición de nuevos entretenimientos y, sobre todo, la posibilidad de acceso a los mismos casi universal, hizo que la gente empezase a desdeñarlos y a olvidarlos. La expansión de las salas de cine, las mismas que ahora desaparecen, la posibilidad de adquisición de aparatos de radio -que en un principio no estaban al alcance de todos y que había hasta que comprar a plazos- el invento de la televisión y que sus receptores poco a poco estuviesen al alcance de todos, la proliferación de discotecas y salas de fiesta, la aparición de los parques de atracciones que incluían las viejas atracciones verbeneras: norias, coches de choque, toboganes, etc. modernizados y mejorados, trajeron un nuevo mundo de entretenimiento a la gente y ya ¿qué pintaban las verbenas?

Paulatinamente fueron decayendo y cuando llegó la democracia prácticamente estaban extintas, excepto las más importantes: La Paloma, San Isidro, etc.

Es posible que alguna vez hayas escuchado eso de es más chulo que un ocho, esta expresión que quizás alguien podría pensar que tuviera alguna relación con la apariencia que pueda tener el número en cuestión, tiene un origen bien distinto, aunque se usa coloquialmente para indicar el carácter chulesco de una persona, su origen hay que buscarlo en el número de un tranvía de Madrid que llegaba hasta el lugar donde se celebraba la popular Verbena de San Isidro, el número del tranvía era el nº 8 y en su interior todos sus ocupantes viajaban vestidos de chulapos, la chulería que desprendía ese tranvía era tan grande que con el tiempo se fue haciendo popular la expresión citada que ha llegado hasta hoy día.

Hay Verbena en la Pradera de San Isidro y fiesta en Las Vistillas


Se bebe agua de la fuente milagrosa, a continuación se compra el botijo colorao de Alcorcón de cada año; luego se saborean las consabidas rosquillas del santo, tanto las listas como las tontas, las francesas y las de Santa Clara sin olvidar las de la Tía Javiera; se comen después sentados tranquilamente en la pradera de San Isidro; tras la comida se hace una medio siesta y ya por la tarde, se continúa la fiesta, bailando algún chotis a ritmo de organillo en la popular verbena.

Pero para los chavales la diversión estaba en las atracciones de feria, el torpedo, los coches de choque, las sillas voladoras, las tómbolas, los caballitos del tiovivo, las barcas, por cierto, algo que hace muchos años he dejado de ver en las verbenas, eran unas barcas que se balanceaban como los columpios y cuanto más alto mejor, las empujaba el mismo dueño de la atracción.

Las verbenas se organizaban por vecindarios, barrios o incluso por calles dependiendo de la zona y todo el mundo colaboraba para organizarlas...Gloria a Dios en las alturas, recogieron las basuras de mi calle, ayer a oscuras y hoy sembrada de bombillas, y colgaron de un cordel, de esquina a esquina, un cartel y guirnaldas de papel rojas, verdes y amarillas..., asi que Verbena es una fiesta popular de una localidad o de un barrio de una ciudad, asociada a veces a algún Santo Patrón como San Isidro o San Antonio y como no, a la conocida verbena de San Juan en el solsticio de verano, tradicionalmente incluía baile, tenderetes de comidas y bebidas típicas y todo tipo de chucherías, a veces la organización de la verbena preparaba con el organillo reglamentario, un concurso de bailes típicos de la zona como el Chotis o de bailes llamados de salón; la palabra verbena, con la que se designa la velada de regocijo popular que se celebra en la víspera de ciertas festividades, correspondía al nombre de una planta, la verbena (Verbena officinalis), en algunos lugares de España, como por ejemplo en Madrid, fue costumbre en el pasado acudir al baile con un ramito de verbenas en la solapa, lo que daría lugar a que las fiestas más populares acabaran llamándose asi.

Y así encontramos la copla que dice…
“ A San Isidro he ido
y he merendao
más de cuatro quisieran
lo que ha sobrao.
Ha sobrao gigote y empanadillas
Un capón cuatro huevos
Y tres tortillas”


Pocas cosas había que nos hiciesen más felices a los niños que escuchar de sus padres venga niño, que nos vamos a la verbena, las cosas en aquella época eran asi, ir a la feria a montar en aquellas ingenuas y a veces toscas atracciones era una de las mejores aventuras que la vida infantil podía depararnos; en mi juventud ibamos a la verbena a montar en aquellas atracciones y te metías de lleno en un mundo de luces, sonidos, aromas y sabores que nunca se olvidan por muchos años que pasen; las sirenas estrepitosas que anunciaban el final o el principio de los viajes de la atracción, el olor del algodón de azúcar, el sabor de cocos frescos, chufas y altramuces sumergidos en agua…, no os pasa ahora mismo que lo recordáis todo?, y esos churros ensartados en junquillos?


De niños, a finales de los 60 y primeros años 70, disfrutábamos  las Barracas por la tarde, en aquel tiempo de nuestras vidas era imposible sustraerse a la vigilancia paterna, te dejaban subir a los caballitos, dar muchos  paseos por el recinto de la verbena, algún dulce como el típico algodón de azúcar, las manzanas caramelizadas, unos polos de helado, algún gorro de seda o trompetilla festiva, los barquillos y la esporádica tentativa a la suerte en la tómbola de las barracas, las tómbolas eran otras de las atracciones que no podían faltar en las fiestas de los pueblos, siempre tocaba algo y no había persona que se fuera a casa sin el peluche de regalo, eran muy variados los regalos que se repartian entre los que compraban los boletos; aún resuena en mis oídos el vozarrón del locutor de la tómbola, con su micrófono en ristre diciendo qué alegría, qué alboroto, otro perrito piloto o y mira la chochona, qué guapa la chochona; en esos años, la tómbola era una de las atracciones más populares, hasta llegó a acuñar dichos como a ése le han dado el carné de conducir en la tómbola! para definir a un mal conductor.

La gente compraba boletos y esperaba con ansia ver si les había tocado algo, yo creo que aquellos jamones y todos los regalos buenos eran añejos ya, nunca vi a nadie ganar uno de ellos, como máximo, te podías  llevar un peluche enorme, eso sí, lo dejábamos todo perdido de los restos de aquellos sobres y boletos de colores no premiado.


Después, nos acercábamos a ver los escobazos de la bruja en la atracción del Tren de la Bruja, uno de los clásicos de las verbenas de mi época, viajabamos en un trenecito por un túnel y cuando menos te lo esperabas aparecía una bruja armada de pequeñas escobas, empeñada en sacudirte con ellas a la más mínima oportunidad; lo que más recuerdo de esta atracción es lo asustados que estabamos de aquella bruja que nos intentaba pegar con la escobilla… y que, cuando el tren entraba en la zona oscura del túnel, aún nos asustaba más, ya que no sabíamos donde iba a aparecer; con el tiempo, ya intentabamos arrancarle las escobas a la bruja para conseguir un viaje gratis; sin ese toque terrorífico había otras atracciones muy destacables como las del Laberinto de los Espejos.


Los Carruseles o Caballitos, o Tiovivos, como los conocíamos entonces, eran una de las atracciones más representativas de las ferias, uno podía sentarse allí al volante de un coche de bomberos o de una ambulancia incluso de una diligencia, sujetando las riendas, mientras dabas vueltas tranquilamente, y saludabas a tus papis cada vez que el carrusel daba una vuelta completa; las motos tampoco estaban nada mal, y los aviones y las naves tenían su aquél, pero, los camiones de bomberos, con aquellas campanitas y escaleras cromadas… eran lo más! y venga a tocar los botoncitos de los coches, menudo guirigay

Cada caballito llevaba grabado su nombre y Babieca y Rocinante siempre eran los más solicitados, primero sujetados por tu padre, que el pobre acababa todo mareado de tanta vuelta, y cuando ya te dejaban montarte solo te sentías el más mayor, en el interior del tiovivo había cochecitos y otros animalitos que no se elevaban del suelo, nuestro favorito era aquella cazuela caníbal que tenía un volante para dar vueltas.

Por su música, las fichas redondas (primero metálicas, después de plástico) que había que meter en la ranura, por las chispas que desprendían en el techo, por el ruido del taconeo en la plataforma metálica que lo rodeaba, porque uno podía conducir y el otro pisar el acelerador, porque se ligaba y porque todos nos hemos llevado algún golpe de recuerdo, los coches de choque eran, sin duda, la atracción más mítica y nuestro centro de reunión en la feria de aquella época.

Era una de las atracciones estrella de las ferias eran los coches de choque… a ver… quién no se ha dejado casi los piños en uno de aquellos choques frontales con otros coches ya que carecian de frenos? embistiendo en aquellos primeros años de adolescentes los coches de las chicas, ¿cuantas fichas y duros habremos dejado en los autos?, recuerdo que entonces nos daban un ticket y antes de iniciarse el tiempo de la atracción, se subía a nuestro coche el cobrador para pedírnoslo, luego más tarde incorporaron las fichas, todo un clásico de la feria, con sus grandes pistas y su multitud de coches chocando unos contra otros, y además, dejaban montar a quien quisiera, sin importar ni la altura ni la edad; yo montaba con un amigo, uno conducía, y el otro, pisaba el acelerador; una peculiar sirena avisaba que había finalizado nuestro turno; cómo envidiábamos a aquel hombre que corría por la pista apartando los coches que acababan su viaje, y qué rabia daba que se te subiese en el tuyo, y las chispas que soltaban los troles en forma de gancho, en la red del techo?  

Por supuesto, no nos olvidemos de mi atracción preferida sin lugar a dudas, las casetas de tiro dónde nos creiamos mayores disparando a palillos, bolas de chicles, etc... tumbar aquellas bolas y recibir a cambio algún osito de peluche u otra cosa, según la sabiduría popular, sabíamos que los cañones de las escopetas no estuvieran rectos de ahí el dicho, de que fallas más que las escopetas de la feria, porque darle a las bolas era fácil, pero partir uno de aquellos palillos era prácticamente imposible.

Otras atracciones permitían probar la fuerza física: había una especie de Torpedo explosivo dónde lo más normal era que los más macarrillas probarán su testosterona o fuerza bruta, la estructura delantera, era para probar la fuerza, el aparato con el que se prueba la fuerza, es una copia del Zepelin de bronce.

Otra atracción para probar la fuerza era el Martillo de Feria o Martillo de fuerza que era un juego de fuerza y ​​destreza donde los participantes probabán su fortaleza, consistia en usar un gran mazo para golpear una palanca que dispara un objeto hacia arriba, con la intención de golpear una campana en la parte superior, cuanto más fuerte golpees la palanca más alto se elevará el objeto, los que logren que suenen, ganarán.

Como no; como me voy a olvidar de algunas que otras atracciones a cual más entrañables como son las Sillas voladoras, el Gusano loco y la Ola marina, el Látigo, la Noria, las Barquillas, etc...

La espectacularidad del Gusano Loco residía en que a mitad del viaje un gran toldo lo cubría y te aislaba del exterior, mientras el trenecito continuaba con sus pequeñas subidas y bajadas, corría la leyenda de que a una chica se le enganchó la melena en los hierros que sujetaban el toldo, pero esta misma historia la oímos más tarde de la Noria y otras atracciones.

Y que me dices de la atracción la cual en los tramos rectos no pasaba nada, pero al llegar a las curvas el Látigo alcanzaba una velocidad a la que en aquel momento no estábamos acostumbrados, es una de las atracciones que hoy en día están prácticamente desaparecidas y para muchos seguro que era nuestra favorita.

Después de montarte en las cadenas del tiovivo o sillas voladoras o sillas de las patadas, entonces el columpio del parque ya no tenía ningún sentido, aquí nuestra única preocupación es que se nos cayera el zapato y es que teníamos la sensación de que estábamos volando a cientos de metros del suelo. ¡Que inocencia!

Otra atracción consistía en, primero cargar con una esterilla a la cabeza y subir a pie que no era un esfuerzo sino una ilusión por llegar a la cima, para deslizarte a cielo abierto por el carril de la deriva, que, a su final, y en amortiguada llegada, te recogían en brazos.

El viejo tobogán representa una página de nuestra infancia a velocidad de vértigo,  tanto en cuanto su bajada era como descubrir el placer por volar, acelerando en la caída y sin posibilidad de freno alguno.

Las nuevas tecnologías han desplazado al viejo tobogán al carrusel de nuestros recuerdos, y aquel andamiaje de madera y en espiral, con sus crujidos envueltos entre gritos de juventud, nos llegan en el recuerdo de esta foto de los años treinta, cuya atracción se mantuvo durante unas décadas para desaparecer tras ellas cual desecho amortizado.

Y el antiguo Motodrom o muro de la muerte en el que los motoristas daban su habitual vuelta simultánea a lomos de sus motos desafiando a la gravedad, los mejores acróbatas de motos actuaban sobre el muro de la muerte original a lomos sus motos mostrando a la multitud algunas arriesgadas maniobras sobre su moto en el muro de la muerte.


Otro tipo de atracciones eran las carreras de caballos y las de motos.


Era costumbre la de merendar en el césped de la pradera y llevar el botijo con el agua de la Fuente milagrosa del Santo, en el patio de la ermita los pobres forman fila para beber de la fuente, acto que se acompañaba con estas palabras:


San Isidro hermoso
Patrón de Madrid
Que el agua del risco
Hiciste salir

Los múltiples puestos en los alrededores vendían rosquillas (Rosquillas del Santo), entre las más famosas se encontraban, las tontas (sin recubrimiento), las listas (con baño de azúcar), las de Santa Clara, las francesas, las populares de la Tía Javiera y las de Fuenlabrada, generalmente ensartadas en un hilo de bramante; también eran igualmente tradicionales los torraos y las garrapiñadas, las manzanas caramelizadas, los encurtidos, los escabeches; Igualmente era costumbre comprar botijos (coloraos de Alcorcón, o los amarillos de Ocaña), pitos de cristal con flores (los denominados pitos del Santo).



Las bebidas habituales eran los chicos de Valdepeñas (vasos de vino), la clara con limón y las limonadas.


Cada 15 de mayo es costumbre que los madrileños se reunan para comer en la famosa pradera y beber el agua que sale del caño de la ermita; el paseo que da a la ermita se llena de puestos con diversos productos de la cocina madrileña como pueden ser la fritura de las gallinejas y los entresijos, bocadillos, encurtidos como banderillas, aceitunas, berenjena de Almagro y como si se tratase de un picnic, extienden mantas en el suelo para disfrutar de la tortilla de patata, la empanada, el vino (preferiblemente en bota) o un cocido madrileño gigante.


Veamos que son las gallinejas, son tripas de cordero lechal fritas con el propio sebo del animal, antes se freían y se despachaban en quioscos que las autoridades asignaban como los estancos y las loterías, hoy casi han desaparecido, las gallinejas son bocado típico y exclusivo de algunos barrios madrileños: Lavapiés, Embajadores, Tetuán, Vallecas y Ventas.


Parientes pobres o no tan pobres pero también muy ricos y sabrosos de las gallinejas son el entresijo o mesenterio, o sea la parte que las rodea, vamos, el epiplón, los dos epiplones, el mayor y el menor; la molleja negra o bazo o pajarilla; la molleja fina o páncreas; las tiras, que son recortes de gallinejas; los canutos, que son las tripas más gordas y que muy fritas y socarradas quedan tan churruscantes como las cortezas y crujen en la boca; los chicharrones son las felpas de los entresijos y sueltan mucho sebo al freírlos; los botones son mollejas separadas de los entresijos, y los chorrillos son las mollejas alargadas que están junto al bazo, la ubre o teta de la vaca, es lo único que se vende en estos establecimientos que no viene del cordero y que se fríe después de cocerla mucho.

Y como no, cuando vas llegando a las cercanías de la Verbena, empieza a oler a manzana de caramelo, a algodón de azúcar y sobre todo a ese aceite recalentado de la churrería, y al final de la tarde, ibas a dar un paseo por los sabores de la feria para comprar los martillos de caramelo, manzanas caramelizadas, chupetes de caramelo, algodón de azúcar, altramuces, chufas, coco fresquito… y para los papis, aquellas casetas donde preparaban bocadillos y cervecitas, la feria acogía a todos, de toda condición y edad…como nota curiosa, yo aún pude ver en las verbenas a los barquilleros, tenías que girar una ruletita que llevaba en la parte superior del artilugio, y si ganabas (que siempre ganabas), te daban un barquillo…


 

La zarzuela Jugar con fuego, del maestro Barbieri, cuya trama se desarrolla en su mayor parte en la noche madrileña de San Juan y por la letra sabemos que viandas eran típicas en la verbena


 
La noche ha llegado
del señor San Juan:
galanes y damas,
la villa dejad
Aquí Manzanares
con manso raudal
os brinda en su orilla
placer y solaz.
¡Los ricos buñuelos...
calientes están!
¡Al agua de nieve
con dulce panal!
¡Aloja y barquillos!
¡Licores! ¡Agraz!
¡Rosquillas! ¡Anises!

¡Al buen mazapán!

Aloja antecesora del agua de cebada, de la horchata o de los refrescos, bebida para tomar muy fria preparada con vino miel o azúcar y especies como la nuez moscada, canela o clavo.

Ingredientes
Vino blanco (mitad del total)
Vino tinto (mitad del total)
Canela, clavos y jengibre (en proporción 5:3:1)
Azúcar en proporción de 6 onzas por cada azumbre, o sea, 180 gramos por cada 2 litros o 90 gramos por litro.

Elaboración
Mezclarlo todo en un caldero vidriado.
Calentar solo hasta que comience a hervir
Colarlo por una manga hasta que salga claro.

Agraz es zumo de uva aún no madura que se debe exprimir antes de la canícula y luego solearlo dentro de un recipiente de cobre rojo tapado con un lienzo, hasta que se espese todo, mezclando a cada momento con el líquido lo que se vaya cuajando alrededor, por la noche hay que apartarlo del sereno, ya que el rocío impide su condensación, elige el amarillento y frágil, acerbo y mordaz a la lengua, algunos condensan el zumo cociéndolo.

Disfrutando de los sabores y olores en las verbenas

Se alzaban en el paseo los característicos puestos de agua con sus enormes jarras de carro y llaves de metal, sus vasos limpios  como una patena, sus azucarillos (a los que decían panales) blancos como la leche, su batería de botellas llenas de agraz (zumo de uva no madura) unas, y de horchata otras, y su aguador, servicial y solícito como él solo, con las mangas de la camisa remangadas hasta el codo, al aire los brazos, y pregonando su mercancía.

El aire se enrarecía por el humo que salía de los anafes de las buñoleras, afanadas en aventar la candela, echar la masa en el perol y sacar los buñuelos con los ganchos.

Los chiquillos apremiaban a sus padres a que los subieran en los caballitos y las calesitas del Tío-Vivo, y luego pedían entrar en la barraca, en la que tanto los niños como la gente sencilla se pasaban las horas muertas y con la boca abierta asistiendo a la representación de los Cristobitas o Polichinelas.


También estaban los Barquilleros con la barquillera antigua nébula barquillos de cobre y latón 17 cm diámetro y 22 cms altura dónde tenías que hacer girar la ruletita y si ganabas (que siempre ganabas), te daban un barquillo que era un producto típico de Madrid, que no es otra cosa que una especie de galleta hecha con harina sin levadura, azúcar o miel y canela, generalmente con forma de canuto.

Aunque cada vez son menos frecuentes, todavía podemos ver a algún barquillero castizo, vestido de chulapo, vendiendo barquillos al grito de

al rico barquillo de canela para el nene y la nena,
son coco y valen poco,
son de menta y alimenta,
de vainilla qué maravilla,
¡Y de limón, qué ricos, qué ricos, qué ricos que son!



Estaban también las casetas de comida, de pollos asados y salchichas con tortillas españolas, el olor y humo de las churrerías, las máquinas de algodón de azúcar.


La tradicional barraca en la que aparecían dos baturros pisando uvas, menudo vino añejo de Cariñena más fuerte aquel, y había otros espectáculos que se situaban en el recinto ferial, algunos aún recordarán en el paisaje de  las ferias, fijas o  ambulantes,  las casetas o chiringuitos con la figura de aquel gran muñeco vestido de baturro que escanciaba continuamente vino dulce en una tinaja y lo servían con unos barquillos, un lugar de chatos de vino y tapa de chorizo con palillo plano.


Pero algo más apartados del resto como los Circos y los Teatros de Varietés, entre los primeros recuerdo el Circo Price, el de los Hermanos Tonetti, el Circo Atlas, el Circo Mundial y entre los Teatros de Feria de Varietés estaban el Lido o el teatro de Manolita Cheng con espectáculos picantes de Varietés no aptos para niños.



Por mucho que pase el tiempo, siempre lo recordaremos, porque es lo que vivimos entonces en esa etapa de nuestra vida y está ahí, no fue ni mejor ni peor que las de ahora, simplemente fue esa....

¡¡la nuestra!!.


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