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Vacaciones de verano

El curso escolar terminaba y el primer indicio de las vacaciones de verano lo marcaba Televisión Española con su entrañable Especial Vacaciones y sus telefilms Daniel Boone, Los Picapiedras y Don Gato, la merienda que acompañaba a tan fantástica programación era el cola-cao, el tulipán, o la mantequilla de tres colores, después llegarían las vacaciones familiares.


Sí ibamos de vacaciones a la zona costera, la familia al completo nos marchabamos por la mañana a la playa, oyendo como en la radio sonaban los éxitos del verano Yo sé que este verano te vas a enamorar de Palito Ortega, Un rayo de sol de Los Diablos, A la orilla de la mar de Los Albas, Cuando salga la luna de Los Puntos y muchas más, una vez en la playa, los más pequeños jugábamos en la orilla del mar con el balón azul de Nivea, que lo regalaban comprando un bote de bronceador o aceite solar, unas horas más tarde llegaba la hora de comernos esa estupenda tortilla y después de la comida la frase de la madre era siempre la misma


¡ahora no te puedes bañar, estás haciendo la digestión!


y nosotros mientras, esperabamos jugando con el cubo, la pala y  el  rastrillo pringados de arena, ansiosos de que nuestra madre nos diese el consentimiento para meternos de nuevo en el agua.



Por las tardes si había ferias ambulantes entonces había caballitos, Tren de la Bruja, coches de choque compartidos con nuestros padres, también estaba el cine de verano con sus sillas de hierro descoloridas, pipas, palomitas y películas de José Luis López Vázquez, entrañables aquellas sesiones dobles dónde siempre nos quedábamos durmiendo en la segunda película.


Una vez de vuelta de aquellas estupendas vacaciones, la rutina volvía a casi toda la familia, el padre a su trabajo, la madre a su cocina y los más pequeños empezábamos a ser un poco más libres, ya no había tanto control sobre nosotros, salíamos a jugar  y nos podíamos ensuciar jugando a Churro, mediamanga, mangotero, los padres no estaban presentes, o también podiamos ir a los billares del barrio a jugarnos una fantástica partida en la máquina del millón con nuestros amigos.

Ahora que las vacaciones estivales comienzan ya a perderse en la distancia se me vienen a la memoria aquellas de mi niñez… qué distintas a las de ahora, ¿verdad? entonces, al menos en el lugar donde yo crecí, la gente no se iba una semanita a un hotel de playa, por regla general, se iba al pueblo, y el que no, pues se quedaba en casa, y ésas eran las vacaciones, ni más ni menos, el retorno a las raíces de los padres y los abuelos, entrañables estancias llenas de recuerdos y sensaciones que seguramente muchos de vosotros atesoráis en la memoria cuidadosamente… pero mientras no llegaba el momento en que a papá le daban sus vacaciones, los chicos solíamos pasar la primera parte del verano en el barrio, en la ciudad…

El pistoletazo de salida del verano lo marcaban las fiestas de San Juan, pocos días antes, el colegio había cerrado sus puertas hasta Septiembre y la vida se extendía ante nosotros como una alfombra de vacaciones que parecía que no iba a terminar nunca… Septiembre… eso estaba a años luz.

El recuerdo viene a mi memoria porque hoy me voy, en tren claro, a Vigo a ver a mi familia..., cuando era niño, cada vez que llegaban las vacaciones escolares me marchaba a Vigo o a Mongat en tren, eran unos viajes increibles, en unos trenes en los que la carbonilla formaba parte fundamental del viaje, solíamos llegar bastante tiznados a nuestro destino, recuerdo especialmente dos, mi familia y yo viajábamos en un departamento sentados toda la noche, el recuerdo de la incomodidad, la incesante búsqueda de la postura para poder dormir un poco... y a mi colocado en el compartimento de las maletas, para que pudiera dormir acostado... y sin caerme... y otro, con la familia al completo, es decir, incorporando la jaula con el gatito siamés Mis que entonces teníamos..., como no se podía viajar con animales, la jaula iba oculta, y cuando escuchábamos que venía el revisor, sacábamos la jaula por la ventanilla, sujeta por una cuerdita... el revisor no se enteraba, los que sí lo hacían era el pobre gatito que entraba, tras la pasada del interventor, con todas las pelos de punta y los ojillos desorbitados... para desgraciadamente morirse cuando llegamos a la casa de mi abuela en Vigo.



Bueno, resumiendo,


¿A qué huele el verano?


las vivencias de la primera infancia permanecen limpias en mi mente como si fueran revividas a diario, los olores, las texturas, los colores, las voces... todo está grabado a fuego.

Así, mis veranos, muchos años después, siguen oliendo a salitre, a bígaros, a flanes de arena, a fucsia y geranio, a cal, hormigas y caracoles, a hierba recién segada, a manzana, a muérdago, a vaca, a monte, a verde, a pino, a eucalipto, a grillo, a luciérnaga, a oscuridad, a silencio, a fiambrera con filete empanado y tortilla de patata, a familia....


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