Mi barrio - Viaje en el tiempo

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Mi barrio

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Siempre recordaré la etapa de mi vida desde que nací en 1949, todavía estabamos en la posguerra que por cierto duró 15 años con la hambruna, el estraperlo y la escasez que había de todo; se utilizaban las cartillas de racionamiento siendo este un ejemplo de los pocos alimentos que se podian comprar en los Mercados de Abastos; como sería la situación, que antes de bajar a jugar a la calle era muy usual que hicieses un agujero en un trozo de pan le metias un trozo de chocolate o le echabas  aceite y pimentón y cerrabas el agujero con la miga y con esa merienda ya podias irte a jugar a la calle con los amigos.

Recuerdo que el barrio en que vivía se dividía en dos zonas, la Colonia de los ferroviarios y la del Barrio de Peñuelas existiendo gran rivalidad entra las dos zonas; algunas veces los chavales de la colonia ferroviaria anexa a la Estación de Delicias teníamos una relación como poco, conflictiva y que solía terminar bien en pelea cuerpo a cuerpo, bien en una drea (intercambio de piedras con ánimo de descalabrar) incluso con los de la zona de la Plaza Luca de Tena.
También recuerdo los tranvias que ocupaban toda la parte central del Paseo de las Delicias con sus dos vias de subida hasta Atocha y bajada hasta Legazpi, los tranvías subían y bajaban por el Paseo de las Delicias y los chavales nos aprovechabamos para poner en sus vías chapas, clavos o piedras para ver qué pasaba, ya os lo podéis imaginar, pero éramos chavales o preadolescentes como se dice ahora, asi que ya desde muy pequeño veia pasar por la puerta de mi casa los tranvias hacia Atocha o Legazpi; todavía se podían ver durante mucho tiempo las vías incrustadas en el asfalto, por cierto, que más de un tacón de los zapatos de las mujeres se quedaba enganchado en ellas al cruzar la calle.
Como nos gustaba imitar a los soldados nos hacíamos gorros de papel, escopetas de madera y pistolas fabricadas con las pinzas de tender la ropa que servían para disparar los güitos de las cerezas, una vez pertrechados nos poníamos a desfilar y como nos creiamos que éramos mayores llevábamos también el material que llevaba todo fumador, tabaco picado y el papel de liar, un chisquero con su mecha y pernalas (se colocaba la mecha al lado de la pernala y golpeando en la rueda del chisquero hacía saltar chispas que prendían la mecha) y a liar los cigarrillos para fumarlos en compañía de los amigos..

Por cierto, con respecto al chisquero, no recuerdo si en 5º o 6º de Bachiller el cura de la clase de Religión me quitó mi chisquero debido a que aburrido como estaba en la clase lo estaba encendiendo y apagando continuamente y siendo la clase bastante pequeña el olor y el humo cantó demasiado (que aburrimiento).

Donde hoy está actualmente la  iglesia del barrio se encontraban huertos y campos de trigo donde habían muchos árboles y espacio para jugar, allí jugabamos a guerrear armados con arcos y flechas los arcos los hacíamos con una caña y algún trozo de cuerda que pillabamos en nuestras casas y las flechas las hacíamos con juncos.

Otra de nuestras ocupaciones era cazar pájaros (gorriones o alcaudones), colocábamos cepos con saltamontes como cebo en los montones de trigo de las eras o los cazábamos con el  tirachinas o con la escopetilla de perdigones o balines, etc...

También solíamos comprar en los quioscos cigarros sueltos de las marcas Ideales, Peninsulares,  Celtas o Bisonte y nos los fumábamos en pleno campo de la zona de la  Estación de Delicias y otros sitios recónditos; cuando no había tabaco nos liábamos en papel de fumar hojas secas de girasol o la parte final de los juncos y por lo menos hacíamos humo, te puedes fumar eso y cualquier hoja de arboles de frutas, mangos, manzanas, naranja, maracuya, limon etc...
Recuerdo ver por mi barrio a los vendedores de botijos, esos botijos/búcaros/botijas a los que se les echaban unas gotitas de anís al principio para que disimularan el sabor a barro y al que las madres hacendosas le hacían una tapita de ganchillo para la parte ancha del botijo consiguiendo de esta manera que no se metieran las moscas; también recuerdo los puestos de melones y sandias callejeros, en aquellos tiempos los meloneros para venderlos siempre cantaban a cala y cata o sea, la cala y cata significaba que podias probar el melón que ibas a comprar antes de llevártelo, cuando le has echado el ojo a una pieza, el melonero con una navaja hace una precisa incisión triangular en la fruta y te da ese trozo fresco y dulce para que lo pruebes a ver si te gusta y como suele gustarnos vuelve a colocar ese triángulo en el hueco del melón para que lo comprases, si no te gustaba, pues no pasaba nada.
También recuerdo el sonido del chiflo del afilador y su carro de una rueda adaptado posteriormente a la bicicleta pero siempre con la misma musiquilla.

Mis primeros seis años de vida que se desarrollaron en el barrio de la Arganzuela está ligado al recuerdo de la vaquería que había justo al comienzo de la calle Ciudad Real que estaba al lado de mi casa, siempre me llamaba la atención ver, oír y oler unos lugares en los que tenían encerradas vacas, eran las Vaquerías como las del señor Vicente que aún entonces surtían de leche fresca a los habitantes de la capital; hoy parece hasta mentira que pudiera haberlas incluso en los bajos de edificios residenciales. Es curioso, pero a pesar del tiempo transcurrido (más de cincuenta años) todavía la tengo instalada en mi memoria. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas estoy recreando imágenes del establo, las vacas... y ese olor en modo alguno desagradable tan característico de aquellos establos.

En mis tiempos la leche se compraba directamente en las lecherias la mayoria de ellas con los animales a la vista. La leche se tenia que cocer, solo calentarla podía dejar pasar los gérmenes de las fiebres de Actosa cosa bastante temida por aquellos años, por esta razón y no otra, era para evitar gérmenes y bacterias pero tambien para aprovechar la nata que era la capa blanca que se forma sobre la leche cuando hierve y nos servía para merendar untada en el pan con azucar, otra cosa que tambien se esperaba como agua bendita eran los calostros cuando paría la vaca, también el requesón que era el suero de la leche que se obtiene del sobrante al fabricar los quesos.

La compra de leche fresca se hacía mediante un recipiente que se llamaba lechera de varias capacidades, pero la mas habitual era la de un litro aunque había otras de medio e incluso de dos litros, de aluminio aunque después las hubo también de plástico. En la vaqueria o lecheria había unas grandes cántaras de leche en las que se introducía un cacillo con mango largo que era descargado en las medidas de capacidad de cuarto, medio y litro situadas en el mostrador para a continuación trasvasar el líquido a nuestro recipiente. Estos medidores eran de latón, aluminio o acero inoxidable y tenían un indicador dentro para saber hasta donde tenían que llenarlo que no era hasta el borde con el fin de que no se derramara nada al verterlo en nuestra lechera.

Las vaquerías de Madrid desaparecieron de repente, de un día para otro se esfumaron todas como por arte de magia, la razón de una desaparición tan drástica la he conocido ahora: se debió a la aplicación de un decreto originalmente publicado en 1961 que establecía una moratoria de 10 años para la erradicación de todas las explotaciones ganaderas del casco urbano de las poblaciones de más de 10.000 habitantes y que definitivamente expiró en marzo de 1972.

Aún quedaban en Madrid unos 200 establos con cerca de 2500 animales, es curioso pero cuando ahora, 45 años después paso por la calle Ciudad Real aún me parece oír los mugidos de aquellas vacas y ver sus siluetas en los establos en el que estaban al fondo del establecimiento... ¡aunque ya no se trate del mismo edificio! y lo recuerdo porque iba a comprar la leche a granel y los yogoures de Danone que venian en tarros de cristal.


En mi barrio también había Carbonerías y siguen existiendo en Madrid, pero son tan pocas y sobre todo tienen tan poco futuro que he querido recordarlas pues antaño eran tan habituales como las vaquerías que hablamos anteriormente; el carbón era entonces el combustible más utilizado, el más barato y fácil de conseguir tanto para las casas individuales como para los edificios de viviendas o de oficinas, casi el cien por cien de ellos contaban con una cocina y una caldera o una estufa de carbón y había muchas carbonerías en mi barrio de la Arganzuela.

A finales de noviembre acostumbra a hacer frío en Madrid, las calefacciones centrales alimentadas por carbón hasta hace unos años se encendían a partir del 1 de noviembre y necesitaban toneladas de carbón para mantener calientes los hogares madrileños. Era muy habitual ver los enormes camiones junto a los portales con tres o cuatro descargadores que llenaban sus capachos de cuero con el carbón que introducían por los portones del almacén de la caldera. Muchos recordarán aquellos tipos siempre cubiertos de hollín que vaciaban un camión en menos que canta un gallo.

En la carbonería se amontonaban la leña y el carbón de distintas calidades tanto mineral como vegetal y por tanto, los precios eran distintos tan diferentes como la propia clientela. Una romana en una esquina, un cubo, una pala y los productos que vendía: leña, carbón, cisco de carbón, cisco de picón o de roble. En las casas, salvo que dispusieran una carbonera no podían almacenar grandes cantidades de carbón por lo que era muy habitual la visita periódica portando un cubo a la carbonería más próxima.

Allí, atendía el negocio el carbonero, el polvo del carbón cubría sus manos y su cara transformándose en una figura tiznada de negro. Siempre manejando sus herramientas, una pala cuadrada, un hacha, una báscula y los sacos. Dentro de la carboneria se mezclaban un conjunto de aromas, olores vinculados al carbón o la madera recién cortada, que en mi caso me retrotaen a la infancia, los espacios son muy parecidos, con los fondos negros, las celdillas separadas para los distintos carbones, los travesaños horizontales colocados para cerrar dichas celdillas, la particular báscula de pesado, brillante y pulida por el uso, y los sacos. Otro de los recuerdos entrañables era observar la llegada de los camiones también ennegrecidos con la carga de reemplazo, los mozos vestidos con unos sacos que les cubría también la cabeza que cansina, pero constantemente descargan varias toneladas de carbón y las introducían en la carbonería.

Luego empezó su declive, primero con el calor negro, casi siempre calefactores eléctricos o de aceite; la electricidad (¡qué cosas!) tampoco era muy cara y el calor negro era más moderno, limpio y seguro, después llegaron las calderas de gas-oil (también era relativamente barato y en principio más limpio que el carbón) y por último las de gas natural; las viejas calderas o estufas de carbón que no sucumbieron a estos cambios ahora son alimentadas por el carbón de las pocas carbonerías que subsisten como la del barrio de Tetuán que aún conserva la estética de esos años.


También podemos recordar esas fábricas de patatas fritas y de infinidad de churrerias dónde te vendían porras y churros ensartados en un junquillo verde para no pringarte de aceite.

A continuación os muestro alguno de los oficios y negocios de la época.



Zonas del Paseo de las Delicias de mi juventud

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