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Colegio Castilla

Comencé a ir al colegio Castilla a los 3 años de edad (1952). Este colegio estaba en la calle Alicante nº 3 enfrente del portal de la casa dónde vivía con mi familia y junto al colegio público Miguel de Unamuno.

Mi colegio tenía varias aulas que daban a la calle y además, entrando por el portal en el primer piso se encontraba el despacho del director Don Enrique y las clases de párvulos a las cuales íbamos mis hermanas y yo desde muy pequeñitos.

Era uno de los pocos colegios privados o de enseñanza libre del barrio y autorizado para impartir la enseñanza primaria y el bachillerato elemental. Matizar que en los primeros años de primaria había clases separadas para chicos y chicas incluso en el nivel de bachillerato ya que las chicas que se matriculaban en este colegio iban a las clases con Don Julián (mi hermana María del Carmen es la segunda a la derecha y espalda del profesor) y se impartían en el liceo femenino que estaba en plaza de José de Villareal junto a la iglesia Beata Mariana de Jesús que es dónde hacían la comunión las alumnas del liceo.


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Recuerdo de profesores y compañeros

Allí pasé desde los párvulos hasta el ingreso que fue a los 10 años comenzando seguidamente el bachiller elemental de los 11 a los 14 años. Algunos profesores que recuerdo en 1958 eran doña Modesta (párvulos), la Sta. Mercedes (bachiller elemental), el profesor don Mariano (francés e historia) fallecido en 1982, (su hijo Arturo Pérez estaba en mi clase), el director del colegio don Enrique (matemáticas), don Aurelio (latín y lengua) que se casó con María Luisa una alumna de una clase inferior a la nuestra y por último don Tomás algo más joven.

Gracias a Arturo y a su hermana Elena (ex alumnos del Castilla e hijos de don Mariano) empiezo a recordar nombres de compañeros de mi infancia en este colegio como por ejemplo Ángel Rodríguez, Rafael Fuentes (tenía 2 o 3 hermanos), Jose Luis Romojaro (vivía en el Paseo de las Delicias 103 o 105).

Máximo García Gil y una hermana mayor (2 o 3 años) que también iba al colegio y que nos parecía preciosísima. Su padre tenía una tienda de ultramarinos en la colonia Pico del Pañuelo, creo que en la calle Enrique Trompeta. Una chiquita que se apellidaba Izquierdo (vivía en el nº 6 de la glorieta) y que su padre era pintor y dibujante e ilustraba varias revistas. Otro compañero Simón (vivía en el nº 2 de la glorieta) y no me acuerdo del apellido.  

Estos ex compañeros parece ser que suelen reunirse 2 veces al año en los alrededores de la Beata Mariana de Jesús, entre ellos están Margarita con Alicia y Manolin Prieto (foto), María Sancha, los hermanos Berlanga (vivían en el primer piso de la calle de Alicante encima del colegio) igual que Alejandra Fernández Luna, Fco Javier Fernández Reviriego, Ángel Hernán, Pepita y Eduardo Ruano (este último falleció el año pasado pero asistía a las reuniones casi siempre).

También Raquel e Irene Sanmartin Giner (vivían en la calle Juan de Vera), Enrique Estébanez, García Delgado (nos dijo su hermana que había fallecido) y de quien también me acuerdo es de Quintín Muñoz. Alguno de los hermanos Fuentes (también han fallecido desgraciadamente).

Pues bien, ahora puedo recordar algunos nombres y caras de profesores y compañeros de estudios en el colegio Castilla tales como Manolo Prieto (foto y vivía en la glorieta Mariana de Jesús), su padre Manuel Prieto Rodríguez era pintor y dibujante y diseñó el toro de Osborne que podemos ver en todas las carreteras españolas ya convertido en Patrimonio Cultural y Artístico de los pueblos de España.

Otro compañero era Bartolomé Moreno (vivía en la glorieta y que creo haberlo visto en algún programa en televisión). Un tal Berdión (vivía en el mismo edificio que yo enfrente del colegio), Alipio Laso (su padre tenía un bar en la calle Mira el Sol) y un último compañero apellidado Mínguez.

Según Arturo, parece ser que tuvimos un compañero que luego se hizo cantante que se apellidaba Gallardo.

Por cierto, había un himno del colegio Castilla que rezaba así:
Por la fe por la patria y el hombre
Santo anhelo sublime e ideal
.....etc etc... a ver quien recuerda algo más del himno.
 
Empezaré a poner fotos que voy recibiendo de ex-alumnos del colegio Castilla.
Cosas del régimen

En mis tiempos de escolar, una norma exigida a los alumnos era que debíamos ponernos de pie cada vez que entraba una persona en el aula y que en todas las aulas era obligatorio tener en la pared un crucifijo, y los retratos de Franco y de José Antonio Primo de Rivera fundador de la Falange.

Dedicábamos la mañana del sábado al catecismo dónde rezábamos rosarios con misterios dolorosos, gozosos, estruendosos y .....sos. Lo único bueno del catecismo eran los vales y monedas que nos daban por asistir a la catequesis y luego a final de curso los canjeábamos por juguetes y premios.

Las instalaciones deportivas consistían propiamente dicho en la calle y una cosa que envidiaba era que los chavales del colegio Miguel de Unamuno tenían un terreno enorme dónde en los recreos se jugaban a la vez varios partidos de fútbol además de otros deportes.

El colegio Castilla estaba en la calle Alicante que daba a la Glorieta Beata Mariana de Jesús cerca de mi casa, por esta razón mis hermanas y yo bajábamos andando por el Paseo de las Delicias (yo siempre por la carretera sorteando coches aparcados y eso si, nunca por la aceras) cosa que ponía de los nervios a mi madre.

Mi madre nos daba cada día una perra gorda (moneda de 10 céntimos) para tomar un bollo durante el recreo. Antes de entrar al colegio nos comprábamos un bollo o yo casi siempre una torta llamada coca vidre o mejicana en la pastelería la China que estaba en la misma glorieta y para mi sorpresa a día de hoy aún existe la pastelería y las mejicanas y empanadillas del señor Pedro que fue el fundador de La China.

Al señor Pedro se le podía ver jugando a las cartas en un bar que hacía esquina que se llamaba La Amarilla.
 

Leche en polvo, queso y mantequilla

Pues si que me daban envidia mis amigos del colegio Miguel de Unamuno que además de las zonas deportivas, al ser una escuela pública nacional se les daba a los niños a la hora del recreo un vaso de leche en polvo, queso cheddar y mantequilla salada de la ayuda americana, pero eso si, tenían que cantar el cara al sol con el brazo y la mano levantada.

El hambre de la posguerra condujo a un empobrecimiento generalizado, a la desnutrición de la infancia y a una debilidad congénita que nos llevó a alcanzar la tasa de mortalidad infantil más alta de Europa.

Yo, que nací en 1949 y viví esa época en primera persona, no recuerdo ningún queso de bola, pero si el queso amarillento cheddar. El caso es que el queso no estaba del todo mal, mezclado con el hambre de la época, pero la leche en polvo… ni por esas (era totalmente imbebible).

La leche en polvo era una especie de polvo blanco y fino que tenía un sabor muy particular, en nada parecido a la leche y que venía en latas doradas y cilíndricas, de 5 kg y llevaban impresas unas letras de tamaño considerable en las que podía leerse donated by the people of the United States of América (vamos, para que no quedasen dudas).

Recibimos en España millones de kilos de alimentos en forma de leche en polvo, mantequilla y queso y la encargada de distribuirlos era cáritas escolares. En 1954 disfrutaron del complemento alimenticio 70.000 estudiantes. En 1959 eran 2.348.510, pero no llegó a toda la población infantil solo a la escolarizada en colegios nacionales. Se repartieron unas 300.000 toneladas de leche en polvo y unos 3.000 millones de litros de leche.

Los contenedores cilíndricos de cartón marrón y anillas de aluminio en los que llegaba la leche en polvo traían dentro bolsas de plástico y se encuentran grabadas en la memoria escolar y sentimental de una generación, como icono de una época, una rareza para quienes era la única leche que tomaban.

Se introdujo en el ritual de la escuela su elaboración diaria. Se calentaba agua en un caldero, ayudados de un infiernillo o estufa, removiendo con grandes paletas y al mezclar con agua y a base de mover las grandes ollas con un palo sobre el fuego se convertía en lo más parecido a la leche (blanca). Una vez bien diluida y caliente se servía a los niños en una jarra o un cazo.

Los primeros vasos eran de aluminio o cristal y más tarde llegarían los de plástico. Esta tarea podía durar 1 hora y recaía en estudiantes mayores o personal de los centros.

Cada niña o niño llevaba su vaso en una bolsa de tela, cartera o colgado del cinturón. Quienes podían lo acompañaban con una cucharilla, azúcar, canela o cacao. Los recipientes de barro, latón, aluminio o plástico, junto a los grumos y la tibieza del líquido, se encuentran grabados en los recuerdos de nuestros abuelos y padres.

El queso Cheddar de un misterioso color amarillento así como la mantequilla venían en unas grandes latas cilíndricas y todas llevaban el emblema de la ayuda americana (2 manos estrechándose con el fondo de la bandera norteamericana), era de una blandura pastosa y de un sabor aún hoy inolvidable. Tanto la leche como el queso se repartía a la hora del recreo por el maestro ayudado por los alumnos mayores.

Había un reglamento en la escuela que decía (todos tendréis que traer por las mañanas un vaso grande para echar la leche, cucharilla, azúcar y 1 bollito o 2 rebanadas de pan para ponerle la mantequilla y por las tardes 1 rebanada de pan para el queso).

Los americanos son muy buenos con España y nos han enviado todo esto para que no pasemos hambre.

Por esta razón, por las mañanas en la escuela parece ser que utilizaban una perola de aluminio llena de agua del grifo. Esta perola se ponía encima de la estufa de la clase para que se calentase el agua y el maestro le echaba la leche en polvo que guardaba en un cuarto del colegio. A la hora del recreo la leche se repartía a cada alumno en la taza que traían de casa y que luego se la tenían que volver a llevar para que la fregasen las madres.

La leche en polvo al diluirla en agua tomaba la blancura de la leche, algo de su espesor y un sabor aproximado a la que salía del ordeñe de las vacas o las cabras.
Tardes de invierno

Algo que nunca olvidaré de colegio Castilla eran esas tardes de invierno dónde el profesor nos hacía leer el poema recuerdo infantil de Antonio Machado y que se me ha quedado grabado en mi memoria debido a que como las puertas que daban a la calle tenían cristales en la parte superior me quedaba extasiado viendo caer la lluvia mientras oía al profesor recitarnos el siguiente poema de Machado:
 
Una tarde parda y fría de invierno.
Los colegiales estudian.
Monotonía de lluvia tras los cristales.

Es la clase.
En un cartel se representa a Caín fugitivo, y muerto Abel, junto a una mancha carmín.
Con timbre sonoro y hueco truena el maestro, un anciano mal vestido, enjuto y seco, que lleva un libro en la mano.
Y todo un coro infantil va cantando la lección:
mil veces ciento, cien mil, mil veces mil, un millón.
 
Una tarde parda y fría de invierno.
Los colegiales estudian.
Monotonía de lluvia tras los cristales.
Los recreos

Durante los recreos, como mi colegio no tenía patio de juegos o de gimnasia y rara vez pasaba un coche por esta calle solamente algún autocar turístico de ATESA que tenia sus salidas en la calle Batalla de Belchite junto a la cárcel de Yeserias, nosotros aprovechábamos para jugar al futbito en la misma acera que daba al colegio Unamuno y a mi colegio (en las calles Alicante y Batalla de Belchite ahora calle Juana Doña). Recuerdo que teníamos que saltar a las terrazas del Unamuno dónde estaban los comedores a recoger los balones que se nos colaban hasta que pusieron rejillas y ya era imposible ir a recogerlos.

También teníamos que hacer gimnasia en un local que estaba cerca de la iglesia de la Beata y nos daba clase un profesor que era militar.

A estas alturas de mi vida considero que mi educación fue altamente beneficiosa, más aún en aquellos tiempos de cerrazón, y es que a pesar de la gran influencia que ejercía la iglesia y los 6 años de religión que incluía el bachillerato, creo honestamente que la educación que recibí en mi colegio fue muy buena y más bien de corte laico.
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